Gael estaba de buen humor, y eso, por supuesto, ponía de buenas a Tania también.
Ella seguía trajinando en la cocina.
Cuando Gael terminó de traer todas las cosas, entró y preguntó:
—¿En qué te ayudo?—
Tania estaba frente al sartén, revolviendo los ingredientes, y sin dejar de moverse le dijo:
—Ve y trae las vajillas nuevas que compré, lávalas porque las vamos a usar al rato.—
—Va.—
Un rato después, Gael apareció con el paquete de platos y vasos.
Tania le preguntó:
—¿Sí sabes cómo lavarlos?—
Gael respondió:
—Puedo aprender.—
Ella sonrió, y sin muchos miramientos le explicó:
—Ese es el detergente, échale tantito, y los tallas con el trapo limpio.—
Gael preguntó:
—¿Tantito es cuánto?—
Tania se rió:
—No hay medida, tú échale el ojo y que no sea mucho.—
Gael apretó el frasco y le salió un chorrito, luego pensó que era poco, así que apretó otra vez, y otra, y otra...
Hasta que Tania le gritó:
—¡Ya, ya, ya! ¿Por qué le pones tanto?—
—...Es que tengo miedo de que no queden bien.—
Tania se rió:
—Van a quedar limpios, son nuevos. Nomás enjuágalos y los metes al mueble para desinfectar, no pasa nada.—
—...Ah, ok.—
No sabía si era la primera vez que entraba a una cocina a lavar platos, o si era porque Tania estaba ahí con él, pero Gael sentía que tenía dos manos izquierdas.
¡No le respondían los dedos!
Siguió las instrucciones: primero talló los platos con el trapo, luego abrió la llave para enjuagar.
Y entonces...
¡Vino el espectáculo!
Casi al instante, el fregadero empezó a llenarse de espuma, hasta la mitad y más.
Gael nunca había visto tal cosa y se quedó boquiabierto.
Y él seguía dejando correr el agua, y la espuma seguía subiendo, y ya casi se desbordaba.
Gael no sabía ni qué hacer, todo nervioso.
Tania lo vio y no pudo evitar soltar la carcajada.
Su primer impulso fue dejar la cuchara y gritar:
—¿Dónde está mi celular? ¿Dónde?—
Mientras lo decía, se secaba las manos en el delantal a toda velocidad.
Ya que las tuvo secas, Gael le pasó el teléfono de inmediato:
—Toma.—
No sabía para qué lo quería, pero si ella lo pedía, él se lo daba.
Tania, emocionada, le dijo:
—¡Desbloquéalo! ¡Rápido! ¡Voy a tomar fotos, grabar video, esto hay que dejarlo para la posteridad!—
Gael: —...—
Tania, muerta de risa:
—¡En una emergencia, primero se toma foto!—
Y así, entre risas, tomó fotos y grabó video del desastre. Después, ya medio apurada, fue a cerrar la llave del agua.
Pero justo cuando cerró el grifo, escucharon un "¡puf!" desde la estufa: ¡se le estaba quemando la comida!
Por estar riéndose de Gael, se le olvidó lo que tenía en el sartén.
Tania corrió a apagar el fuego, pero Gael fue más rápido, la jaló hacia atrás y se puso él al frente.
En situaciones de peligro, ahí sí no se le hacía bolas el engrudo. Con todo aplomo, tapó el sartén con la tapa y ahogó el fuego.
Pasaron unos minutos, Gael levantó la tapa, y ya no había fuego.
Pero la comida... parecía carbón. No se distinguía ni qué era.
Después de tanto ajetreo, lo único que lograron fue un sartén lleno de restos negros y un fregadero repleto de espuma.

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