Una chispa de desdén cruzó por la mirada de Aspen. —Te equivocas, él no puede ganar —dijo con seguridad.
Abel frunció el ceño, extrañado. —¿Por qué no?—
Aspen respondió con una pregunta. —¿Tú crees que yo me meto en una pelea sin estar preparado?—
Abel se quedó en silencio.
Aspen continuó, —Que yo no haya hecho nada contra él hasta ahora, no quiere decir que me haya quedado de brazos cruzados. No quiero que muera solo. El virus de la octava generación involucra a demasiada gente. Quiero que todos se vayan al hoyo juntos.—
—Tú solo coopera con él. Si intenta usarte a ti o a Valentino para amenazarme, solo dale el avión.—
Abel arrugó la frente. —¿Y si hago eso, no terminaré soltando la sopa?—
—No importa —dijo Aspen con calma—. Hay secretos que tarde o temprano tienen que salir a la luz.—
Abel se quedó pensando unos segundos. De pronto, algo le cayó el veinte y sus ojos se iluminaron.
—¡Aspen, tú quieres...! ¡Ya entendí!—
Aspen apretó los labios, fastidiado.
—Mucho músculo y poca cabeza, ¿eh? Así como vas, ni de chiste consigues pareja.—
A Abel la broma le hizo gracia y soltó una carcajada.
—Bah, si ya tengo hijos e hijas, ¿qué más da quedarme soltero? Así no me preocupo por quedarme solo en la vida.—
Aspen le lanzó una mirada de reojo. —Si quieres hijos, hazlos tú solito.—
Abel, de lo más animado, le respondió:
—¡Hace un rato decías que somos hermanos de sangre! Tus hijos también son un poco míos, ¿no? Laín, Ledo, Luca, Miro y la Tesoro me adoran.—
Aspen se quedó callado un momento, pero luego cambió de tema:
—Por cierto, ¿has notado algo raro en Dúnya?—
Abel se puso serio, pensó un poco y asintió. —Sí, algo noté.—
Aspen entrecerró los ojos, curioso. —¿Y qué fue?—

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