Abel no podía entenderlo. —¿Entonces no te gusta nadie?—
—¡Ajá!— respondió Dúnya, con total naturalidad.
Abel no pudo evitar soltarle un sermón:
—¡Eso no está bien! Ya tienes más de veinte años, ¿cómo que no te gustan ni las chicas guapas ni los chicos guapos? ¡Tienes que tener algún problema!—
Dúnya le contestó enseguida: —¡El que tiene problemas eres tú!—
Abel se rio y le preguntó: —¿Y a mí, te gusto?—
Dúnya se quedó pasmado, y sin pensarlo negó con la cabeza: —No me gustas.—
—O sea que, aparte de Jalal y Dirar, ¿no te gusta nadie?—
Dúnya se quedó pensando y aclaró: —No es eso.—
Abel se sorprendió. —¿Así que sí hay alguien más que te guste? ¿Quién es?—
—¡Amarrillo! ¡Me encanta mi Amarrillo!—
Abel se quedó en silencio.
Amarrillo era el perro grande y amarillo que Dúnya tenía desde hacía años.
Así que este muchacho ni se fijaba en chicas guapas, ni en chicos guapos, ¡le gustaban los perros!
¡Definitivamente este chico no tiene remedio!
Abel se le quedó viendo un buen rato. —¿Extrañas a Amarrillo?—
—Sí, mucho.—
Esta vez habían venido tan de repente que Dúnya no pudo traerlo, así que lo dejó encargado con unos vecinos. Amarrillo no era solo su mascota, era su amigo y parte de su familia.
Abel le dijo: —Mañana voy a mandar a alguien para que traiga a Amarrillo.—
Dúnya se sorprendió. —¿Traerlo aquí?—
—¡Claro! Si lo extrañas, lo traigo para que esté contigo.—
Dúnya no lo podía creer. —¿De verdad?—
Abel sonrió. —No es la gran cosa, ¿por qué te mentiría?—
A Dúnya se le notó la alegría en los ojos. —Pero está tan lejos, ¿no es complicado traerlo?—

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