Samira y Tania se miraron y se rieron.
—¡Claro! ¡Si hasta es mandilón! —dijo una de ellas, bromeando.
Las dos siguieron caminando, del brazo con Carol, perdiéndose más adentro del rancho.
Carol iba pensando: ¿a quién se referirían con “mandilón”?
Al principio sospechó que hablaban de Sebastián, pero él solo estaba actuando por sentido común y por las circunstancias, cumpliendo con Betta. No había amor ahí, mucho menos podría decirse que era un mandilón.
Pero, si todos estaban invitados a la fiesta, seguro que era un amigo en común.
No era Sebastián, ni Orión, ni Gael... ¿entonces quién?
¿Sería posible que hablaran de esa pareja de bobos: César y Thor?
Carol pensó que sí, que perfectamente podían estar hablando de ellos.
Quiso preguntarle a Samira y Tania, pero justo cuando iba a abrir la boca, una mujer guapísima, vestida con un vestido ceñido, se acercó a ellas.
La mujer tenía una actitud amable y educada.
—Señorita Carol, señorita Samira, Tania, por aquí por favor —les indicó.
Las tres siguieron a la anfitriona del rancho hacia el interior.
A medida que avanzaban, Carol sentía el lugar cada vez más familiar, como si ya hubiera estado ahí antes.
El estilo del rancho era como de jardín romano, pero había detalles y decoraciones que le parecían extrañamente cercanos.
Entre más caminaba, más sentía que algo no cuadraba.
El corazón le empezó a latir fuerte.
De pronto, vio un estanque lleno de flores de loto, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. Se quedó de piedra.
Los lotos suelen florecer en junio, julio y agosto, pero ya estaban en noviembre. Para que hubiera flores así en esta época, alguien debía estarlas cuidando especialmente.
De pronto, Carol cayó en cuenta. Agarró fuerte del brazo a Samira.
Samira volteó preocupada.
—¿Qué pasa? —
Carol abrió los ojos de par en par.
—¡Este rancho... lo conozco! —
Samira entrecerró los ojos, intrigada.
—¿Lo conoces? —

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo