Últimamente, Aspen no había podido acercarse a Carol.
Había aguantado tanto, con paciencia, esperando que llegara la noche de la propuesta de matrimonio para por fin estar a solas con Carol y disfrutar de su compañía. Pero justo cuando llegó el momento, su futuro suegro le salió con la noticia de que, desde esa noche, tenía que vivir separado de Carol.
¿Entonces, todo ese aguante, todo ese esfuerzo, para qué había servido?
Y todavía faltaba más de un mes para la boda.
¿Pretendían que estuviera separado de Carol más de un mes? ¿Por qué no lo mataban de una vez y ya?
Aspen fruncía el ceño con una cara imposible de describir: mezcla de frustración, enojo y resignación.
—¡Pfff!— Orion, que siempre disfrutaba el caos ajeno, no pudo contener la carcajada.
Él también era un mandilón con su esposa, así que entendía perfectamente lo que Aspen estaba sintiendo. Verlo tan desesperado le resultaba de lo más divertido.
Aspen, apretando los dientes, le soltó una patada por debajo de la mesa.
Después, con una expresión sumisa, le preguntó a Joaquín:
—Suegro, ¿y esa regla de dónde salió? Yo nunca la había escuchado.
Joaquín respondió con tranquilidad:
—Son tradiciones familiares, hijo. Así se ha hecho siempre. Ya está decidido. Alma, si tienes sueño, anda con tu mamá al cuarto a descansar.
Carol, sin entender nada y todavía medio aturdida, dejó que Lola, su mamá, la tomara de la mano y la guiara fuera de la sala. Mientras se iba, miraba hacia atrás a cada paso.
Tampoco ella conocía esa “regla”, y su cara lo decía todo. No entendía absolutamente nada.
Aspen la veía irse con un nudo en la garganta, pero si su suegro lo había ordenado, ¿quién era él para contradecirlo? No le quedaba de otra más que ver cómo se llevaban a su novia.
En cuanto se quedaron solos los hermanos, Orion empezó a molestar:
—Pobrecito, te faltan más de treinta noches durmiendo solo... ¿cómo vas a sobrevivir?
—Mira que somos hermanos, y yo todas las noches duermo abrazado de mi esposa mientras tú aquí, solito, sufriendo. La verdad me siento hasta culpable de tanta dicha.
César y Thor se unieron a la burla, lanzando comentarios y riéndose a carcajadas.
Aspen los miró con los ojos entrecerrados y, cuando terminaron de presumir, les soltó:
—Esta noche, excepto Nathan, nadie se va de aquí.
Nathan era médico y podía tener urgencias, así que no podía obligarlo a quedarse.
—¿Para qué?— preguntaron todos, extrañados.
Aspen encendió un cigarro, le dio una calada y dijo:
—Para que me acompañen a jugar cartas.
Por un momento hubo silencio, hasta que de repente todos protestaron:
—¡No, no, no! ¡Esta noche tengo que estar con mi diosa!— gritó César.
—Yo tampoco puedo, tengo una cita importante.— agregó Thor.
—Ni lo sueñes, ya tengo habitación de hotel reservada y una belleza esperándome.— dijo otro.
Aspen, con toda la calma del mundo, miró primero a César y Thor:
—Ustedes dos decidan: ¿se van a casa a arrodillarse en el cuarto de los castigos o se quedan a jugar cartas conmigo? Ustedes eligen.
Ambos se quedaron pasmados.
—¿Qué dices? ¿Por qué tendríamos que arrodillarnos en el cuarto de los castigos si no hicimos nada malo?
Aspen sonrió con malicia:
—En este momento puedo marcarle a don Ramiro y a don Echeverría, contarles en qué andan últimamente, y de paso avisarles que si esperan nietos, mejor se resignen porque eso no va a pasar en esta vida.
César y Thor abrieron los ojos como platos. Aspen no estaba bromeando. Sabían que si sus papás se enteraban de sus recientes andanzas, mínimo los ponían a arrodillarse tres días enteros en el cuarto de los castigos, escuchando los gritos de sus papás de fondo.
Ambos se pusieron serios:
—Aspen, ¿no que éramos hermanos? ¡Eso no se hace! ¡No se traiciona a los amigos!—
A Aspen ni le molestó ni le dio pena.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo