Carol le mandó un sticker a Aspen, uno de esos donde alguien te acaricia la cabeza.
—¿Qué estás haciendo ahorita? —le escribió.
Aspen respondió: —Jugando cartas con Orion y los demás.
Carol: —Pues disfruta con ellos, pásala bien.
Aspen: —No puedo, la verdad. Nomás de verlos me da flojera. Te extraño.
Carol soltó una risa silenciosa frente a la pantalla. —Nos vemos al rato para cenar, voy a descansar un ratito. Besos.
Aspen le respondió con otro sticker, ahora uno de un beso.
Orion interrumpió desde la mesa: —Ándale, ya te toca jugar.
Aspen bloqueó el celular. Su fondo de pantalla era una foto de Carol.
Se quedó viéndola con ternura unos segundos y, al levantar la mirada hacia Orion, se le transformó la cara: frunció el ceño, apretó los labios y puso una expresión de fastidio.
Orion preguntó: —¿Qué, te caigo mal o qué?
Aspen ni le contestó. Solo revisó sus cartas y jugó.
Orion apenas iba a decir algo cuando, de repente, llegó Samira.
Orion se paró de volada, bien sonriente, —¡Hola, mi amor!
Samira sonrió, saludó con la cabeza a Aspen, César y Thor, y con eso fue suficiente.
Orion, haciéndole señas y guiños, le preguntó:
—¿Vienes porque necesitas algo urgente? Si quieres, vámonos a la casa ya.
Aspen lo veía con cara de “ya ni la friegas” y Orion también le devolvía la misma cara.
Después de todo, ¿a poco no era mejor estar en casa abrazando a la esposa que aquí perdiendo el tiempo jugando cartas con puro hombre?
Si Samira le hubiera pedido irse, Aspen ni lo hubiera detenido.
Pero…
Samira sí abrió la boca, aunque solo para decir:
—No vengo por nada urgente, solo pasé a decirte que yo ya me voy. Tú quédate y diviértete con los muchachos.
Orion: —¿Te vas sola?
—Claro, vine en mi coche, ¿ya se te olvidó?
—No, no, mejor te acompaño.
—¡No hace falta! Además, ando bien ocupada últimamente, ni he podido ayudar mucho con la boda de Carol y el señor Bello, así que tú quédate y échales la mano. No te apures en volver, en la casa no se necesita nada. Ya me voy, adiós.

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