—Está bien.
Gael abrió el refrigerador y Tania echó un vistazo por encima de su hombro. El refri también estaba vacío.
Gael le explicó: —Tu yogur ya estaba caducado, lo acabo de tirar.
Al tirarlo, hasta le había dado un poco de pena. Al fin y al cabo, era lo que a ella le gustaba tomar.
Pero ya estaba todo vencido; si ella lo tomaba, seguro acabaría con dolor de estómago.
Tania suspiró: —De verdad que tengo mucho sin venir por aquí.
—Once días —soltó Gael sin pensar.
Tania se quedó pasmada y él aclaró:
—Llevas once días sin venir, hoy es el día doce.
Tania se quedó en silencio. ¿Acaso él marcaba los días en el calendario?
No sabía si era su imaginación, pero creyó ver un dejo de tristeza en la mirada de Gael.
Sin darle tiempo a confirmar, él ya había apartado la vista y comenzó a guardar cosas en el refri.
Tania dejó las flores frescas sobre la mesa y, desde atrás, lo abrazó, apoyando la cara en su espalda. —Te quiero —le susurró.
Gael se puso tenso y el corazón empezó a latirle más rápido. —Yo… yo también.
Tania sonrió, lo abrazó un rato más y luego fue por un florero para poner las flores.
Tiró todas las que ya estaban secas; era hora de poner nuevas.
Gael la miró algo perdido, tragando saliva.
Cuando terminó de guardar las frutas y los ingredientes, vio que Tania estaba con las rosas, cortando hojas y ramas. Enseguida se acercó:
—Yo lo hago.
Las rosas tenían espinas y todavía recordaba la última vez que ella se pinchó los dedos.
No podía evitar que las rosas tuvieran espinas, pero sí podía asegurarse de que no lastimaran a Tania.
Ella le sonrió y le pasó las rosas y las tijeras.
—Quítales todas las hojas, y el tallo córtalo en diagonal, así, mira, y con eso basta.

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