Ese beso fue tan urgente y apasionado, lleno de un deseo irresistible.
A Carol el corazón se le subió hasta la garganta.
¡Si sus papás los veían, qué vergüenza!
¡Y su hija estaba acostada en la cama! Si por casualidad se despertaba y los veía en esa situación...
Solo de pensarlo, Carol sentía que quería que la tierra se la tragara. Con la cara encendida, trató de resistirse.
Quiso gritarle a Aspen que se detuviera, pero no le salía la voz, apenas pudo soltar un par de gemidos ahogados.
Intentó empujarlo, pero él no la soltaba.
Mientras más lo empujaba, más fuerte la apretaba contra su pecho.
Al final, Carol no tuvo más remedio que morderlo.
Aspen soltó un quejido y por fin la dejó ir, mirándola con cara de niño regañado.
—¿No me extrañaste? —le preguntó, dolido.
Carol le contestó bajito:
—¿Estás loco? ¡Mis papás están en el cuarto de al lado!
Pero Aspen no la soltaba.
—Tus papás no están en su cuarto ahorita. Y aunque estuvieran, mientras no hagamos ruido, no se van a enterar —insistió él, con toda la confianza del mundo.
Carol miró de reojo a Tesoro.
—¿Y si la princesa se despierta? ¿No te daría pena?
Aspen también miró a su hija y, sin decir nada, tomó a Carol de la mano y la llevó al baño, acorralándola contra la pared como si fuera el bravucón de la secundaria molestando a la estudiante ejemplar.
—Te extraño —le dijo, con la voz ronca.
La espalda de Carol estaba pegada a la fría cerámica, pero ella sentía que se incendiaba.
Con las mejillas ardiendo, no se atrevía a mirarlo a los ojos.
—Apenas nos separamos un ratito, si hace un momento todavía estabas aquí —musitó.
Aspen se acercó más.
—Pero hace rato solo podía verte, no pude abrazarte ni besarte. Yo quiero abrazarte, besarte, tenerte —le susurró, y el calor en el baño subió de inmediato.
Carol empezó a respirar rápido, completamente enrojecida de pies a cabeza, hasta las orejas sentía que le quemaban.
Aspen la miraba desde arriba, con los brazos apoyados en la pared, tragando saliva.
No aguantó más. Sujetó su barbilla con firmeza, la obligó a levantar la cara y volvió a besarla.
El baño se sentía como un sauna; el aire era puro fuego.

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