Carol volvió a contactar a la tutora del curso y así se enteró de que Aspen había pedido el día libre para los niños sin que ella lo supiera.
Cuando logró averiguar el paradero de Aspen, él estaba en una pollería acompañado de varios de los niños.
A todos los chiquillos les encantaba el pollo frito, así que todavía no se habían separado.
Carol no podía creerlo, ¿en serio habían faltado a clases sólo para ir a comer pollo frito?
—¡Aspen! —Carol apretó los dientes mientras miraba el celular.
Samira estaba sentada justo enfrente y le preguntó:
—¿Qué pasó?
—Se fue a espaldas mías, pidió permiso para los niños y se los llevó a comer pollo —explicó Carol, entre frustrada y resignada.
A Samira se le fue el trago de limonada por el camino equivocado y terminó escupiéndolo de la risa. Mientras se limpiaba con una servilleta, no paraba de reírse.
—¿Pero en qué piensa ese hombre?
Carol tenía cara de pocos amigos.
—¿En qué va a estar pensando? Nomás hace falta darle una buena sacudida para que espabile.
Samira se rio aún más.
—Definitivamente los papás no son de fiar. Yo pensaba que sólo Orion era irresponsable, pero ya veo que el señor Bello tampoco se salva.
Carol, ya en confianza, siguió desahogándose:
—Y eso que no te he contado lo más curioso. ¿Tú has visto a Aspen llorar alguna vez? Ese hombre casi nunca llora, pero por Tesoro se le han puesto los ojos rojos un montón de veces.
—Tesoro no quiere estudiar ni hacer tareas, y por eso se la pasa llorando. Cada vez que ella llora, Aspen sufre con ella, y ahí lo tienes, con los ojos llorosos también.
—Si los vieras abrazados, llorando los dos como si el mundo se les viniera encima... cualquiera pensaría que les pasó la peor desgracia del mundo.
Samira sonrió.
—Mira, hasta el tipo más duro tiene su corazoncito. Dicen que las hijas son las novias de los papás de otra vida, y debe ser cierto. ¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Vas a buscarlos?
Carol apretó los labios y negó con la cabeza.
—Ya qué, el permiso ya está dado, que disfruten su día. Más tarde ya me encargaré de Aspen.
Samira la apoyó:
—Los niños son bien listos, faltar un día no les va a hacer daño, si apenas van en primero de primaria. Laín, Ledo, Miro... son tan inteligentes que ni falta les hace la primaria.
Y no sólo la primaria, pensó Carol, ni la secundaria.

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