Un grupo de amigos charlaba animadamente, lanzando bromas al aire. Uno de ellos, fanático de los autos, exclamó:
—No puede ser, ¡tengo que subirle una foto de este carro a las redes para que los amigos de la India vean lo que es bueno!—
—Seguro que allá van a decir: "¡Eso es puro cuento, eso es mentira!"— soltó otro, riéndose.
Todos soltaron la carcajada, y después de reírse un rato, la conversación terminó, como casi siempre, girando en torno a Aspen.
—Ya en serio, ¡el señor Bello sí que es un crack! Tan joven y ya construyó su propio imperio de negocios.—
—Eso sí, yo a ese hombre sí que lo admiro. Nadie tiene su visión para los negocios. Después de Don Matías, el único genio en el mundo empresarial es él.—
—Bueno, no te olvides del ‘loco’ Aleph L. Paz. Ese inversionista misterioso que nunca da la cara también tiene lo suyo.—
—A ver, ¿ustedes qué creen? Si el señor Bello y Aleph se enfrentaran en una guerra de negocios, ¿quién ganaría?—
—Yo apuesto por el señor Bello, no tiene rival en el mundo de los negocios.—
—Opino lo mismo, ¡ese hombre es imparable!—
—...—
Aspen realmente era impresionante.
Pero por muy grande que fuera un hombre, frente a la mujer que amaba, todos se volvían igual de sencillos y vulnerables.
En la parte trasera de la limusina nupcial, Aspen era como cualquier otro, incapaz de apartar la vista de la mujer que le robaba el aliento.
Se inclinó hacia un costado, ladeó la cabeza y la miró fijamente, con esa mezcla de amor y picardía, sin ningún disimulo, como el típico enamorado que solo tiene ojos para su esposa.
Otra vez se convirtió en “el guardián de su esposa”.
Carol pestañeó nerviosa, con las mejillas encendidas.
Llevaban ya bastante tiempo juntos, pero ella seguía sintiéndose tímida cuando él la miraba así.
No era que ella fuera exagerada, es que la intensidad de su mirada realmente la desarmaba.
Como aún estaba el chofer ahí, Carol le lanzó una mirada a Aspen, pidiéndole en silencio que se calmara, que no la mirara tanto, que al menos disimulara.
Aspen se giró y le dijo al chofer:
—Sube la mampara, que Carol ya se está poniendo nerviosa.—
Carol: —¡...!—
El chofer la miró por el retrovisor y le sonrió:
—¡A la orden, jefe!—

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