Carol no pudo evitar la curiosidad y preguntó:
—¿Cómo es que sabes tanto de esto? Si ni siquiera eres oceanógrafo.
Aspen sonrió y respondió:
—Bueno, si a mi esposa le interesa algo, yo tengo que aprender, ¿no crees?
Carol lo miró sorprendida.
—¿Todo eso que me contaste lo aprendiste ahora?
—Sí —asintió él.
—¿Solo para contármelo a mí?
—Ajá —dijo Aspen, confirmándolo.
Carol se quedó callada, conmovida una vez más por ese hombre.
Se puso de puntitas y le plantó un beso rápido.
—Aspen, te amo —le confesó, con la voz algo temblorosa.
Aspen tragó saliva, la rodeó por la cintura y la atrajo hacia su pecho.
—Yo también te amo. Muchísimo, muchísimo —le susurró mientras bajaba la cabeza para besarla.
Esta vez, Carol no se apartó, cerró los ojos y le correspondió.
Allí, en medio del túnel submarino, se abrazaron y se besaron rodeados de peces que nadaban curiosos al otro lado del vidrio, como si también quisieran ser parte de su historia.
Una mantarraya se pegó al cristal, con esa cara de traviesa que tienen los niños cuando se ríen de algo.
Los delfines nadaban a su alrededor, haciendo piruetas y lanzando chillidos, como si estuvieran animando la escena.
Era tan romántico que parecía irreal: como un sueño, como una escena sacada de un cómic.
El fotógrafo, escondido a un lado, no paraba de disparar su cámara. Cada foto podía ser portada de revista.
Cuando por fin se separaron, ambos estaban emocionados.
Llevaban una semana sin verse, más de un mes sin estar tan cerca, y se notaba la necesidad que tenían el uno del otro.
Pero ese no era el momento. La boda aún no terminaba, afuera los invitados los esperaban. Tendrían que aguantarse hasta la noche de bodas.
Aspen le acomodó el cabello con cuidado, se acercó y le susurró al oído:
—Espérame esta noche.
Carol se sonrojó y solo pudo morderse los labios, sin animarse a responder.
Aspen sonrió de lado, le pellizcó suavemente la mejilla y tomó su mano para seguir adelante.
Cerca de la salida del túnel se oía mucho bullicio.
Ahí estaban los amigos y amigas del novio y la novia: Tania, Dúnya y Rufina, junto con cinco pequeños.
Esperaban ansiosos por recibir a Carol y Aspen.
Apenas los vieron salir, los cinco niños gritaron al unísono:

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