Aspen dijo:
—Dúnya quiere regresar a su casa. Me preguntó si ya están seguros, si pueden dejar de vivir contigo.
Abel guardó silencio.
—Lo vi de malas, ¿pasó algo?
Abel frunció el ceño y soltó un suspiro.
—Anoche me pasé de copas y la regué. Él no es de estar cerca de la gente y yo, borracho, lo jalé para dormir conmigo. Se molestó.
—¿Lo forzaste? —preguntó Aspen, directo.
—...Sí —admitió Abel, bajando la cabeza.
—¿Pasó algo más entre ustedes?
Abel se quedó unos segundos sin saber cómo responder, luego negó rápido con la cabeza.
—¡No! Es hombre, ¿cómo iba a pasar algo con él? No quería aprovecharme, solo que me pasé de tragos, perdí el control, yo… —balbuceó, rascándose la cabeza, sin saber cómo explicarse—. ¡No entiendo ni qué me pasa! Capaz tengo algo, capaz me estoy volviendo loco.
—¿Te gusta? —le soltó Aspen, mirándolo de frente.
Abel levantó la cabeza de golpe, sorprendido.
—¿Eh?
Aspen repitió, tranquilo:
—¿Te gusta Dúnya?
Abel se quedó mudo unos segundos, luego respondió:
—¡Es hombre!
Aspen ya tenía la respuesta que buscaba. Si Abel no lo negaba de inmediato, era porque sí sentía algo.
Y la verdad, no era difícil de entender. Dúnya tenía un atractivo que llamaba la atención de cualquiera, y Abel, que era bien inocente en temas de amor, no tenía ni cómo defenderse. Viviendo juntos, era fácil caer.
A fin de cuentas, muchas historias de amor empiezan por la atracción.
Abel le llevaba unos años a Dúnya, pero si Dúnya quería, no había nada que impidiera que estuvieran juntos. Al final, ya eran adultos.
El problema era la cabeza dura de Abel... Ya andaba enamorado y ni cuenta se daba de que Dúnya era en realidad una chica.
Aspen lo miró y le dio una palmada en el hombro, tratando de tranquilizarlo.
Pensó en contarle la verdad sobre Dúnya, pero recordó la plática que tuvo con ella. Cuando Dúnya se le acercó, Aspen trató de insinuar que Abel a veces no medía sus acciones porque no sabía la verdad sobre ella. Pero Dúnya no quiso sincerarse, siguió ocultando su secreto.
Por respeto, Aspen no podía ir a contarle todo a Abel, no era su lugar.
Así que solo suspiró por dentro y le preguntó:
—¿Qué piensas hacer? ¿Les buscas un lugar nuevo o hablas con ellos para que sigan en tu casa?
Abel respondió:

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