Todos en el pasillo se giraron al unísono, examinaron a Ledo y Tesoro por un instante y luego apartaron la vista.
Nadie les prestó la menor atención.
Rodrigo incluso se burló:
—Darío, ¿quiénes son estos mocosos? ¿Acaso son los refuerzos que trajiste?
Los hombres de Rodrigo se rieron con sorna.
Darío frunció el ceño, miró a Ledo y Tesoro con recelo y preguntó:
—¿Me buscan a mí?
Ledo y Tesoro se acercaron.
—¿Tú eres Darío? —preguntó Ledo.
—Sí, soy yo. ¿Qué pasa? —asintió Darío.
Ledo le mostró una pequeña bolsa que contenía un manzano tallado.
—Este es un regalo que Eric talló para su madre. Dijo que podíamos buscarte y que nos llevarías a verla.
—¿Eric? ¿Se refieren a nuestro joven amo, Eric Enríquez? —preguntó Darío.
—Sí —confirmó Ledo.
La repentina mención de Eric Enríquez silenció todo el pasillo.
Después de un largo momento, Darío preguntó, emocionado:
—¿Ustedes son amigos del joven amo?
—Sí —sonrió Ledo.
Darío tomó la bolsa y la examinó, rebosante de emoción.
—¡Esto definitivamente lo talló nuestro joven amo, hasta tiene su nombre grabado abajo!
Los otros hombres de confianza de Benjamín se acercaron a mirar.
Darío levantó la vista hacia Ledo.
—¿Cómo está nuestro joven amo?
—Está muy bien, solo que está en una misión y no puede volver por ahora —respondió Ledo.
Darío suspiró con resignación, pero comprendió.
—¡Las misiones para el país son lo más importante!
Rodrigo, con el ceño fruncido y una mirada burlona, dijo:
—¿De dónde salieron estos mocosos? A ver, tráeme ese manzano para que lo vea.
—¿Y tú quién eres? —replicó Ledo, entrecerrando los ojos.
El asistente de Rodrigo intervino con arrogancia:
—Este es el tío del joven amo Eric y el próximo patriarca de la familia Enríquez. ¡Habla con más respeto, niño!
—El señor Benjamín Enríquez es el patriarca de la familia. ¿Tú quién te crees que eres? —dijo Ledo.
Rodrigo frunció el ceño, con aire amenazador.
—Mocoso, ¿quién te dio el valor para hablarme así? ¿Eric Enríquez? Te diré algo, ¡él no es nadie para mí! Si crees que puedes usar su nombre para hacerte el importante, ¡eres ridículo!
—A un mocoso como tú, ¡puedo aplastarlo con un solo dedo!
Ledo frunció los labios, puso los ojos en blanco y se dirigió a Darío.
—Señor Darío, ¿puede llevarnos a ver al señor y la señora Enríquez? Eric me pidió que le diera un mensaje.
Rodrigo, ignorado, se enfureció aún más, apretando los dientes.
—¡Niño, me has provocado!

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