Steven se quedó perplejo.
—¿Un traidor?
—¡Sí! —asintió el asistente.
Steven frunció el ceño, lo pensó un momento y negó con la cabeza.
—¡Imposible! Si de verdad hubiera un espía suyo entre nuestra gente, Benjamín nunca habría tenido el accidente. Arturo se las habría arreglado para avisarle antes.
—Además, esa gente fue cuidadosamente seleccionada. No solo compartimos los mismos ideales, sino que nuestros intereses están estrechamente ligados. Traicionarnos a nosotros sería traicionarse a sí mismo.
El asistente asintió.
—¡Tiene razón! Entonces, ¿qué está pasando?
Steven, con el rostro sombrío, no encontraba una explicación.
Tras un momento de calma, una intención asesina brilló en sus ojos.
—Primero, pon a alguien a vigilarlo de cerca. ¡Será mejor que no asista al funeral de Benjamín!
El asistente preguntó en voz baja:
—¿Se refiere a…?
Hizo un gesto de degüello. Steven dijo:
—Más vale prevenir que curar. Si de verdad tiene algo en nuestra contra, estaremos acabados. ¡Prefiero matar a un inocente que dejarlo escapar!
El asistente asintió.
—Entendido. Me encargaré de que no llegue vivo al funeral de Benjamín.
Steven añadió:
—No lo hagas en Leona. Acabamos de discutir hoy. Si muere, las sospechas recaerán sobre nosotros. No es momento de crear más problemas. Busca la manera de sacarlo de la ciudad.
El asistente, un poco apurado, dijo:
—Ahora que Benjamín ha muerto y el Anciano está en coma, me temo que Arturo no querrá irse de Leona.
Steven respondió:
—Marco es su punto débil. Nada es más importante para él que su hijo. Haz que le llegue el rumor de que hay un médico divino que puede curar la enfermedad de Marco. Engáñalo para que salga de la ciudad y entonces actúa.
Los ojos del asistente se iluminaron.
—¡Qué inteligente es usted, jefe! ¡Ya sé qué hacer!
—Hazlo lo más rápido posible —ordenó Steven—. ¡Cada día que pase en Leona, será un día de intranquilidad para mí!
—Entendido —asintió el asistente—. No se preocupe. Si todo va bien, haré que se vaya esta misma noche. Si no, como muy tarde, mañana por la mañana.
Steven soltó un profundo suspiro de alivio.
—Bien, ve a hacerlo.
El asistente se fue a hacer una llamada. Steven, tras calmarse un poco, se dirigió a la habitación de Alfredo.
Tesoro acababa de tomarle el pulso a Alfredo y probar unas agujas. Al ver entrar a Steven, dijo:
—Ustedes hablen. Yo voy a ver a la señora Enríquez.
—Yo acompaño a mi hermana —dijo Ledo.

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