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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3228

A Ledo le encantaba jugar, y al oír eso, su interés se despertó de inmediato.

—Padrino, ¿cómo jugamos?

Orion entrecerró los ojos y susurró durante un rato: «…».

Ledo, emocionado, exclamó:

—¡Genial! Cuando Steven empiece a hacer de las suyas, el abuelo Arturo aparecerá de repente. Seguro que a Steven le da un infarto.

—Y yo podré aprovechar para examinar bien a ese señor —dijo Tesoro—. Quizás pueda ayudarlo.

Orion asintió y miró a Ledo.

—Pero Steven te está vigilando, así que no puedes encargarte de esto. Que lo haga Gael.

—¿Ah? Puedo escaparme de su casa a escondidas —protestó Ledo.

Orion negó con la cabeza.

—No podemos arriesgarnos a que un descuido haga que vuelva a esconderse. Si descubre que tramas algo, volverá a ocultar sus garras y a fingir que es inofensivo.

—Ahora que ya ha mostrado su verdadera cara, no nos preocupa que siga fingiendo. Tenemos pruebas y podemos desenmascararlo en cualquier momento. Pero si queremos atrapar a los otros viejos zorros que aún se esconden, necesitamos que Steven se sienta seguro, que no huelan el peligro.

—Además, tenemos que vigilar cada uno de sus movimientos. Esa tarea solo podéis hacerla tú, Cano y Pink. Así que tienes que quedarte cerca de Steven.

Ledo se sintió decepcionado, pero a sus doce años ya entendía la importancia de la estrategia general.

—De acuerdo, haré lo que diga mi padrino.

—Buen chico —sonrió Orion.

—¡Oye! No soy Dulci, padrino. No me hables como si fuera un niño pequeño —se quejó Ledo.

La sonrisa de Orion se hizo más amplia.

—Cierto, cierto. Nuestro Ledo ya es un hombrecito. Ya podría tener novia.

—¡Solo tengo doce años!

Orion se burlaba de él, divirtiéndose a su costa.

Por la tarde, se fijó la hora del funeral de Benjamín Enríquez: pasado mañana a las dos de la tarde.

Su «cuerpo» fue trasladado de vuelta a la mansión de la familia, que emitió un comunicado oficial anunciando que Benjamín había fallecido a causa de las heridas sufridas en un accidente de coche, tras no superar la operación.

Darío y los suyos acompañaron el cuerpo de Benjamín de vuelta a la mansión. Los demás miembros de la familia también se reunieron en la residencia principal para discutir los detalles del funeral.

Solo Arturo y Marco no fueron.

En el patio de su casa en las afueras, los caquis colgaban de las ramas.

Arturo levantó la vista hacia los frutos de un rojo intenso y luego la bajó hacia Marco, que estaba sentado bajo el árbol, apesadumbrado.

Desde que volvieron del hospital, Marco no había estado de buen humor.

No había comido al mediodía, se negaba a dormir la siesta y se había quedado bajo el árbol de caquis, dibujando sin rumbo en la tierra con una rama.

Arturo sabía que estaba triste por la muerte de Benjamín.

Aunque Marco tenía una discapacidad intelectual, sabía quién era bueno con él y quién no. Era como un niño de pocos años que, aunque no fuera muy listo, distinguía perfectamente quién lo trataba bien.

En los últimos años, aunque Marco había visto menos a Benjamín, el interés de este por él no había disminuido en absoluto.

Buscaba médicos de renombre por todas partes y, en cuanto encontraba uno, lo contrataba de su propio bolsillo para que tratara a Marco.

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