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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3235

—No, mi padre falleció hace mucho tiempo.

Marco se quedó perplejo.

—¿No tienes papá? Qué pena.

Arturo tiró disimuladamente de la manga de Marco para que se callara.

—Lo siento —le dijo a Gael—. Su capacidad mental es la de un niño de cuatro o cinco años. Dice lo que piensa sin filtro, no tiene mucho tacto.

—No pasa nada —respondió Gael.

Marco lo miró con cautela.

—¿He dicho algo malo?

Gael negó con la cabeza.

—No. Vamos a comer.

Marco asintió de inmediato y, de repente, tomó la mano de Gael.

—Vamos a comer.

Gael, que no estaba acostumbrado, estuvo a punto de soltarle la mano por instinto, pero al ver su expresión inocente, se contuvo.

Ya era padre, no debía enfadarse con alguien cuya mente era la de un niño.

Arturo se dio cuenta de que Gael era una persona de carácter reservado y quiso llamar a su hijo, pero las palabras no le salieron.

Caminó detrás de ellos escaleras abajo.

Los sicarios que estaban abajo los saludaron al verlos.

—Hola.

—¿Y la comida? —preguntó Gael.

—En la olla —respondió uno de ellos—. Vayan al comedor, ahora la servimos.

Los sicarios se habían convertido en sus sirvientes.

Arturo siguió a Gael hacia el comedor, pensando para sus adentros:

«El poder lo es todo. Con poder, lo imposible se vuelve posible».

Si no fuera por la fuerza de Gael, nunca se habrían atrevido a comer y vivir con este grupo de sicarios, y mucho menos a que los sirvieran.

Mientras reflexionaba, no pudo evitar pensar que si Marco tuviera esa fuerza, no tendría que preocuparse por su futuro.

Después de cenar, Arturo dio un paseo por el patio con Marco para hacer la digestión y luego lo llevó a dormir.

Tras más de diez horas de viaje y el incidente en La Selva, padre e hijo estaban agotados.

Sin embargo, aunque Marco se durmió, Arturo no pudo conciliar el sueño.

Salió del dormitorio principal y fue a buscar a Gael.

Gael estaba tumbado en el sofá, mirando su teléfono. Aún no se había dormido.

Al ver salir a Arturo, se incorporó.

—¿Ocurre algo?

—Quería hablar un rato contigo, ¿tienes tiempo? —dijo Arturo.

—Dígame —asintió Gael.

Arturo se sentó en un sillón individual, con una expresión afable.

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