Al ver la sorpresa de Mateo, Tesoro continuó:
—Si dejas de apellidarte del Pozo, ya no te sentirás culpable por enseñar el Arte del Vínculo. Y cuando termines de enseñarme, te devuelvo tu apellido.
—…¡He nacido del Pozo y moriré del Pozo! ¡Jamás cambiaría de apellido! —exclamó Mateo.
Tesoro hizo un puchero.
—Qué anticuado eres. Uno debe adaptarse al entorno para sobrevivir. Si no te adaptas, sufrirás, ¡porque no pienso darte el antídoto!
Mateo frunció el ceño. Nunca imaginó que el joven heredero de la familia del Pozo caería en manos de una niña pequeña.
Si lo hubiera sabido, no se habría dejado llevar cuando descubrió que lo habían secuestrado.
Pensaba que el mundo exterior sería maravilloso, pero…
¡Subestimó a su oponente!
Un dolor agudo le atravesó el abdomen. Mateo, con el rostro contraído, no tuvo más remedio que ceder.
—El apellido… ¿cómo se cambia?
—No hace falta papeleo, solo tienes que cambiarlo en tu mente. Si estás de acuerdo, a partir de ahora te llamarás ¡Mateo Bello! —respondió Tesoro.
Mateo frunció el ceño. Tesoro levantó la barbilla y arqueó una ceja.
—¿Trato o no trato?
—…¡Trato hecho!
Tesoro, muy contenta, le dio una pastilla.
—Toma.
Mateo la tomó rápidamente y se la tragó.
Un momento después, respiró hondo y el dolor abdominal desapareció.
Miró a Tesoro con el ceño fruncido.
—Lo prometido es deuda, ¡no puedes echarte atrás! —le advirtió Tesoro.
—Para crear un Vínculo se necesitan criaturas venenosas —dijo Mateo, molesto—. Cuanto más fuerte sea el veneno, mejor será el efecto. Ahora mismo no tengo a mano ninguna criatura para enseñarte.
—¡Yo sí! —respondió Tesoro.
—¿Tú tienes? —se sorprendió Mateo.
—Tengo muchas, vivas y muertas. Siempre llevo algunas conmigo, mira.
Tesoro sacó un pequeño paquete de su bolso y lo abrió, revelando una colección de animales y plantas secas.
Luego sacó un frasco transparente que contenía criaturas vivas.
Se movían, ¡dando un poco de repelús!
Los ojos de Mateo se iluminaron.
—¡Son excelentes ejemplares! ¿De dónde los has sacado?
—Eso no es lo importante. Lo importante es que tenemos las criaturas, así que puedes enseñarme. Y si me enseñas con dedicación, luego te regalaré algunas. Además, si en el futuro necesitas más, puedo enviártelas por correo.
Mateo miró a Tesoro con una expresión compleja.
Esta niña le parecía odiosa, pero al mismo tiempo, también le parecía buena.
—Un hombre de palabra cumple su promesa. ¡Te enseñaré! —dijo Mateo.
Tesoro sonrió y le ofreció uno de los frascos con criaturas vivas.
—Este es para ti, como regalo de iniciación.
—Pero si todavía no te he enseñado nada… —dijo Mateo, sorprendido.
—Si te sientes conmovido, entonces enséñame bien —respondió Tesoro con sus grandes ojos.

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