Ricardo guardó su celular y comenzó a caminar. De repente, un sedán negro se detuvo bruscamente frente a él.
El conductor bajó la ventanilla, lo miró fijamente y le hizo una seña para que subiera.
Un destello de sorpresa cruzó la mirada de Ricardo. Dudó por un instante, pero finalmente abrió la puerta y subió.
El joven en el asiento del conductor, con el rostro inexpresivo, arrancó el vehículo y avanzó por la calle.
Ricardo lo observó con abierta desconfianza.
—¿Vienes a silenciarme?
El muchacho respondió con un tono helado:
—No. Vengo a protegerte. De ahora en adelante, adonde vayas, iré contigo.
Ricardo comprendió de inmediato. Había venido a vigilarlo.
Aunque le molestaba profundamente, el nudo en su estómago se aflojó. Mientras no viniera a asesinarlo, podía lidiar con ello.
Respiró hondo y reflexionó con ironía en su interior:
*El ser humano es un animal muy extraño. Uno cree que ya no le teme a la muerte, pero cuando siente el cañón rozándole la nuca, vuelve a aterrorizarse.*
Soltó el aire acumulado en sus pulmones y le preguntó al joven:
—Si me sigues a todas partes, ¿no tienes miedo de exponer tu identidad?
—Ya estoy expuesto —contestó el chico con naturalidad.
Ricardo se sobresaltó.
—¿Te descubrieron?
El joven emitió un murmullo afirmativo, su voz desprovista de emoción.
—Gael ya dio conmigo.
—...Gael —murmuró Ricardo—. No por nada es la mano derecha de Aspen Bello. Es realmente un sujeto peligroso. ¡Hasta a ti logró rastrearte!
El chico no respondió. Ricardo insistió:
—Si tuvieras que pelear a muerte con Gael, ¿podrías ganarle?
El joven hizo una pausa antes de contestar.
—Cincuenta por ciento de probabilidad.
Ricardo lo miró, asombrado.
—¿Alguien de tu nivel solo tiene un cincuenta por ciento?
—Él también es excepcional —se limitó a decir el joven.
Ricardo se quedó en silencio.
De pronto, pensó en algo y comentó con cierto tono compasivo:
—Es curioso cómo dos expertos de ese nivel pueden tener destinos tan distintos. La vida de Gael fue un infierno en el pasado, pero encontró a un buen líder. Aspen Bello lo trata como a un hermano. En cambio tú... das un poco de lástima.
El joven frunció el ceño, pero mantuvo la boca cerrada.
—¿A dónde me llevas? —inquirió Ricardo para cambiar de tema.
—A un nuevo refugio.
Ricardo consideró su nueva situación y preguntó:
—Aparte de vigilarme y protegerme, ¿ahora también sigues mis órdenes?
La respuesta fue tan robótica y distante como antes.

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