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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3404

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Con solo pensar en ese lugar, Ricardo no pudo evitar suspirar, su corazón lleno de un anhelo inalcanzable.

¡Si hubiera nacido allí, ahora viviría ahogado en lujo y poder, sin tener que preocuparse por nada!

La desigualdad entre las personas era absurda y brutal.

Unos nacían directamente en El Olimpo, mientras que otros abrían los ojos por primera vez hundidos en el barro.

Unos no tenían que levantar ni un dedo para mirar a los demás desde las alturas.

Otros trabajaban hasta romperse los huesos toda la vida y ni siquiera podían rozar el borde de esa élite; solo les quedaba levantar la mirada.

Pero existía un grupo muy particular: los que nacían en El Olimpo pero terminaban siendo criados en la miseria del mundo terrenal. Cauto era uno de ellos.

Se podía decir que era afortunado. Nacer en El Olimpo era algo que no le ocurría ni a uno entre cien mil.

Pero también era inmensamente desafortunado. Poco después de nacer, cayó al mundo mortal por un accidente, perdiendo todos los privilegios de su cuna. Terminó convirtiéndose en una simple herramienta moldeada por Víctor, un peón en el tablero de otros.

Sin embargo...

Al fin y al cabo, su sangre era de El Olimpo. Si lograba encontrarlo, tal vez obtendría un salvavidas.

La gente de ese lugar tenía un poder absoluto; seguramente podrían abrirle una puerta de escape.

En este momento, su única esperanza era Aspen Bello, y poner su vida por completo en las manos de un solo hombre era una sensación nauseabunda. Necesitaba alternativas.

—Cauto sigue vivo, ¿verdad? —preguntó Ricardo.

El muchacho asintió.

—Sí.

—¿Dónde está ahora?

—Él no está a mi cargo. No conozco su ubicación exacta.

Ricardo frunció el ceño.

—Averíguala. Consígueme su ubicación precisa.

El joven lo observó por el espejo retrovisor. Ricardo lo notó y retó:

—¿Qué pasa? ¿No puedes investigarlo?

El chico guardó silencio por un momento.

—Puedo.

Ricardo dejó escapar un suspiro de alivio.

—Entonces hazlo. Apenas tengas algo, avísame de inmediato. Si es posible enviar a alguien para que lo tenga vigilado o bajo control, mucho mejor.

—Mi jefe dejó órdenes claras: nadie puede tocarlo —respondió el joven tajantemente.

—...Está bien —cedió Ricardo—. Solo consígueme su ubicación. Me encargaré de contactarlo por mi cuenta. No te arrastraré en esto.

El muchacho volvió a asentir.

—De acuerdo.

Ricardo giró la cabeza hacia la ventanilla. Observó el paisaje urbano borroso y murmuró casi para sí mismo:

—¿Alguna vez piensas en tu futuro?

Otra mirada rápida por el espejo.

—No.

Ricardo volvió a mirarlo, con genuina curiosidad.

—¿De verdad nunca has pensado en qué será de ti?

—Pensar de más no sirve de nada.

—...Entonces, ¿tampoco le temes a la muerte?

El joven no asintió ni negó. Solo dijo:

—No lo sé.

Ricardo se quedó sin palabras. —...

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