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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3412

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A las ocho de la mañana en punto, Gael llegó a la residencia de Aspen.

Aspen lo recibió con una pregunta:

—¿Dejaste a Tania y a Dulci en la escuela?

Tania era maestra de preescolar, y Dulci estaba en el grupo de los más pequeños en la misma institución.

—Sí —respondió Gael asintiendo.

Aspen guardó su celular y se puso en pie.

—Vámonos.

—¿Por qué molestarnos en ir hasta El Barrio Marginal en vez de llamarlo y obligarlo a venir? —preguntó Gael mientras salían.

—Quiero ver con mis propios ojos cómo vive —explicó Aspen—. Y de paso, echarle sal en la herida.

Gael apretó los labios. Aspen, adivinando sus dudas, añadió:

—Tranquilo. Sabe perfectamente que su supervivencia depende de mí. No se atreverá a ponerme un dedo encima.

—... Entendido.

Pronto llegaron a los límites de El Barrio Marginal. Aspen observó las calles derruidas y las casas amontonadas desde la comodidad de su asiento.

—Si esto no lo está haciendo obligado, entonces es el mayor idiota que ha pisado la tierra. Cometió crímenes atroces, sacrificó su vida y no ha disfrutado de ni un solo día de gloria. Antes dormía en el cuartucho de conserjes, ahora vive escondido en una ratonera de barriada. Es verdaderamente patético.

—... Debe de haber mucha de su gente escondida en este perímetro —comentó Gael—. ¿Entramos directamente a buscarlo o le llamas primero?

—No hace falta que lo llame. Él se pondrá en contacto conmigo.

Tal y como lo predijo, el celular de Aspen sonó apenas un segundo después. Era Ricardo.

Aspen contestó con calma.

—Diga.

—¿Has venido a buscarme? —preguntó Ricardo, alerta.

—Sí.

—¿Sucede algo?

—Sí.

—¿De qué se trata?

—Hablemos en persona.

—¿Por qué no me citaste para que fuera yo? —Ricardo sonaba desconfiado.

—Quería conocer tu entorno —respondió Aspen con un tono casual, casi hiriente—. Quería ver qué clase de lujos has conseguido tras vender tu alma durante tantas décadas.

Ricardo no ocultó su irritación.

—¿Estás burlándote de mí?

—Las verdades siempre suenan feas. Así ha sido desde que el mundo es mundo.

Ricardo frunció el ceño, su voz destilando amenaza.

—El Barrio Marginal es territorio mío. Si te metes aquí solo para presumir, ¿no temes sufrir un "accidente"?

—Vine justamente a demostrarte que, en esta ciudad, tú no eres dueño de nada. No tienes ni un centímetro cuadrado bajo tu control.

El rostro de Ricardo se oscureció al otro lado de la línea.

—El Señor Bello peca de arrogante.

Aspen soltó una carcajada gélida.

—Nos vemos en un minuto.

Guardó el teléfono y miró a Gael.

—Andando.

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