Una vez que ambos tomaron asiento, Ricardo ordenó que les sirvieran algo de beber antes de dirigirse a Aspen.
—Que el gran Señor Bello se haya molestado en venir hasta mi puerta, debe significar que tiene un asunto muy importante.
—Tengo un par de dudas que no me dejan dormir, y vine para que me las aclararas —dijo Aspen con voz pausada.
Ricardo alzó una ceja, desconfiado.
—¿Qué clase de dudas?
—Según los rumores, ¿tienes un hermano mayor?
Un leve atisbo de tensión cruzó la mirada de Ricardo, pero rápidamente lo camufló con una sonrisa relajada.
—Supongo que esa historia se la contó Jalal, ¿verdad? Es cierto, cuando estábamos en el barco, dije que tenía un hermano. Pero solo estaba fanfarroneando. No tengo ningún hermano mayor, solo una hermana.
Aspen no dijo nada. Mantuvo su expresión impenetrable.
Sabía que la primera reacción de una persona era la más genuina. ¡Esa microexpresión confirmaba que Ricardo tenía un hermano!
Sin embargo, al ver que el hombre no pensaba admitirlo, no presionó más. De todos modos, no iba a lograr sacarle la verdad a la fuerza.
Cambió de estrategia.
—Si no tuviste un hermano mayor, ¿quién demonios te enseñó a disparar con esa precisión? Me contaron que cuando ingresaste al ejército ya tenías una puntería de élite.
—Nací y crecí en la frontera —respondió Ricardo, como si hablara del clima—. Vivir pegado a territorio hostil y saber manejar un arma es lo más normal del mundo.
—¿Y de dónde sacabas las armas?
—De los traficantes del otro lado.
Aspen endureció su mirada.
—¿Y cómo terminaste involucrado con contrabandistas y traficantes extranjeros?
Ricardo soltó otra risa, esta vez cargada de desdén.
—Porque nací ahí. Mezclarse con esa gente es tan cotidiano como respirar. En aquellos tiempos, la vigilancia en la frontera era una broma. Los delincuentes cruzaban para hacer negocios como quien va a visitar a un vecino.
—Aun así, no cualquier campesino termina rozándose con contrabandistas armados.
Ricardo pareció recordar algo desagradable.
—¡Fue por mi padre! Mi padre era una verdadera escoria. Un alcohólico empedernido, abusivo y un inútil para el trabajo honesto.
»Tenía una pandilla de amigos igual de miserables que él, y todos tenían tratos turbios con esa gente de la frontera. Se pasaban los días en mi casa, así que con el tiempo terminé conociéndolos. De niño jugaba con sus revólveres descargados, y fueron ellos quienes me enseñaron a apuntar.
Aspen lo escuchó con escepticismo.
—... ¿Y qué clase de tratos hacía tu padre con ellos?
Ricardo negó con la cabeza.
—No tengo la menor idea, jamás me lo contaron. ¿A qué viene tanto interés por mi pasado familiar, Señor Bello?
Aspen ignoró la pregunta y lanzó otra flecha directo a su historia militar.
—Escuché que en el ejército eras brillante, que los altos mandos te consideraban una promesa inigualable. Y, sin embargo, un día te esfumaste. ¿Por qué?
Ricardo entrecerró los ojos, midiendo a su oponente.
—¿De verdad averiguaste que fui militar?
Aspen no se molestó en responder, dejando que el silencio presionara. Ricardo continuó:
—Sé que le solté algunas cosas a Jalal, pero lo lógico es que fueras a buscar mis registros en el mando militar. Sin embargo, mi expediente fue borrado y sellado. No deberías haber sido capaz de encontrarlo.

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