Carol no dudó un segundo y negó con la cabeza.
—Lo pensé detenidamente en el hospital. El estado de esa niña no parece una patología convencional. Es más como un fenómeno biológico anómalo, una reacción extraña de su propia genética. Aunque estuviera la abuela aquí, dudo que pudiera revertirlo.
—Los médicos tratamos enfermedades, pero si no hay un patógeno o un fallo funcional claro, ¿qué es lo que curamos?
—Le hice una revisión exhaustiva. No hay signos de degeneración ni de infección. Su cuerpo está creciendo perfectamente; es solo que el corazón está invirtiendo su desarrollo. Sin una causa identificable, es imposible intervenir.
Aspen la miró, intrigado.
—¿Una reacción de su propia genética?
Carol asintió.
—No hay dos personas iguales en este mundo. Cada organismo es un universo. A veces ocurren anomalías que escapan a cualquier explicación médica.
Aspen le acarició el brazo con dulzura.
—Si entiendes la lógica detrás de esto, no dejes que la tristeza te consuma.
—El mundo está lleno de tragedias y familias rotas. No somos salvadores omnipotentes. Hacemos lo que está en nuestras manos, y hasta ahí llegamos.
—Además, todos tenemos un destino. Quizás esta niña no sea un ser humano común... tal vez sea un pequeño ángel.
—Vino a este mundo con un pase de visita de cinco años. Cuando se acabe el tiempo, simplemente regresará al cielo y volverá a ser un ángel. No es que su vida termine, es que vuelve a su verdadero hogar.
—No hay por qué llorar por ella.
—Y si te duele tanto el sufrimiento de la madre, puedes ayudarla a nivel médico. Ayúdala a preparar su cuerpo para un segundo embarazo. Dar vida nuevamente es la única forma real de sanar un dolor tan grande.
Las palabras de Aspen iluminaron el rostro de Carol.
—¡Tienes toda la razón! En cuanto tenga un tiempo, iré al hospital a verla. Si puedo ayudarla a concebir de nuevo, sentiré que al menos hice algo por ella.
Aspen sonrió, su voz envuelta en calidez.
—Esa es mi chica.
Su Carol había madurado inmensamente. En el pasado, ante una situación así, habría entrado en pánico y rogado por la ayuda de la abuela sin pensar en las consecuencias.
Pero hoy había sabido poner el freno.
No era que se hubiera vuelto fría, sino que ahora comprendía el peso de las decisiones a gran escala.
¡Era un crecimiento invaluable!
Al caer la tarde, Nano y Dulci salieron de la escuela.
En cuanto se enteraron de que Carol estaba en la ciudad, insistieron en ir directo a Jardín Número Uno sin pasar por sus casas.
—¡Mamá Carol!
Los dos pequeños gritaron de alegría al verla y corrieron a abrazarla.
Carol los recibió con los brazos abiertos, rebosante de felicidad. Acarició el cabello de Nano y levantó a Dulci por los aires, llenándola de besos.
—¡Cuánto los extrañé! ¡Están enormes los dos!
Dulci le dio un sonoro beso en la mejilla.
—¡Yo también te extrañé muchísimo!
Nano, con las mejillas ruborizadas por la emoción, levantó su carita hacia ella.
—Yo también te extrañé, mamá Carol. ¡Estás más bonita, más joven y más hermosa!
Carol se rió y le pellizcó suavemente la mejilla.

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