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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3437

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Con los ojos enrojecidos, Carol le acarició la mejilla a la niña antes de darse la vuelta y salir de la habitación.

Apenas puso un pie en el pasillo, la madre se abalanzó hacia ella.

—¡Doctora! ¿Mi hija tiene salvación?

Carol abrió la boca, pero las palabras se atoraron en su garganta.

Al ver su expresión, la madre cayó de rodillas nuevamente, rompiendo en llanto desesperado.

—¡Doctora, se lo ruego, sálvela! ¡Vendemos todo lo que tenemos, le entregamos nuestras propias vidas si es necesario! ¡Haremos lo que nos pida, pero por favor, salve a mi niña! ¡Por favor...!

Carol se agachó para intentar levantarla.

—Lo siento muchísimo. No hay nada que esté en mis manos. Solo queda esperar un milagro.

La madre se quedó petrificada al escuchar esas palabras. Segundos después, sus ojos se pusieron en blanco y se desplomó en el suelo.

—¡Mi amor! —gritó el padre aterrorizado, sosteniéndola.

Carol le tomó el pulso rápidamente a la mujer.

—...Se desmayó por la impresión y el estrés extremo. Solo necesita descansar, no corre peligro.

El Dr. Nathan llamó de inmediato a unas enfermeras para que trasladaran a la mujer a una habitación contigua.

Una vez que se aseguraron de que estuviera bien, el Dr. Nathan miró a Carol con el ceño fruncido.

—¿De verdad no hay nada que hacer?

Carol negó con la cabeza.

—Nada que esté a mi alcance.

—Entonces... ¿podrías pedirle ayuda a alguien más?

Carol sabía a quién se refería: a Doña Rosalba, la abuela.

Aunque Carol nunca había hablado de ella directamente, el Dr. Nathan sabía que detrás de Carol y su hija había una figura médica de nivel legendario.

Sin embargo, Carol fue tajante.

—No.

El Dr. Nathan se quedó en silencio, desconcertado.

Carol no le dio explicaciones. Simplemente giró la cabeza para mirar por última vez la puerta de la niña.

—Cuando la madre despierte, dile que aproveche el tiempo que le queda a su hija para llenarla de amor.

Tras esas palabras, Carol dio media vuelta y se marchó.

No mucho después, Ricardo Rojas recibió la noticia. Frunció el ceño con profunda intriga.

—¿Estás seguro de que Carol dijo eso?

Su secuaz respondió al instante.

—Completamente seguro, jefe. Pusimos micrófonos en la habitación de la niña. Escuchamos cada palabra. Carol se negó rotundamente.

Ricardo chasqueó la lengua, confundido.

—No tiene sentido. Carol es una mujer extremadamente compasiva. Al ver a una niña tan dulce y a unos padres tan desesperados, lo normal sería que se le partiera el corazón e hiciera hasta lo imposible por ayudar.

—Si ella no podía curarla, ¡debería haber salido corriendo a contactar a sus maestros! ¡Pero se limitó a decir que no! ¡Esa frialdad no es propia de ella!

Ricardo llevaba días siguiendo este extraño caso médico. Sabía que el Dr. Nathan terminaría pidiéndole ayuda a Carol.

Su plan maestro era utilizar este caso desesperado para forzar a Carol a contactar a la persona capaz de analizar el virus de 8ª generación. ¡Pero ella no había mordido el anzuelo!

¡Era demasiado extraño!

—¿Cree que descubrió que queríamos usar a la niña para rastrear a su maestro? —sugirió el secuaz.

—Lo dudo —replicó Ricardo—. Si ella se hubiera dado cuenta, Aspen también lo sabría. Y si Aspen lo supiera, jamás habría permitido que ella se acercara a esa niña.

—Entonces, ¿por qué actuó así? ¿De dónde sacó esa frialdad de repente?

Ricardo dejó escapar un largo y sonoro suspiro. ¡No lograba descifrarla!

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