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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3450

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Abel asintió con fervor, dejando escapar un suspiro de inmenso alivio.

—Menos mal que el Tío Teodoro está limpio. Te juro que estaba aterrado de que resultara ser como Víctor. Ya te partieron el alma una vez con la traición de Víctor; si el Tío Teodoro también resultaba ser un traidor, temía que terminaras perdiendo la cabeza por completo.

Aspen frunció el ceño ligeramente y también soltó un largo suspiro.

—No te preocupes. Aunque el mundo se venga abajo, no perderé la cordura. Si me vuelvo loco, ¿quién cuidaría de mi esposa y mis hijos? Ellos me necesitan, y mi única prioridad es mantenerlos a salvo.

Abel sonrió, sintiendo un profundo respeto por su amigo.

—Carol definitivamente es tu amuleto de la buena suerte. No solo sabe cómo alegrarte los días, sino que ha hecho que valores tu propia vida más que nunca.

Al escuchar el nombre de Carol, los fríos ojos de Aspen se llenaron de una cálida ternura.

Abel, sin querer arruinar el momento, fue al grano de sus obligaciones.

—Mencionaste que Ricardo estaba dispuesto a soltar nombres si manteníamos alejado al General. ¿Lo llamamos ahora mismo?

—No —respondió Aspen con serenidad—. Deja que sea él quien nos busque. El Tío Teodoro no se va a ir de la ciudad pronto. Mientras sepa que el general sigue rondando por Puerto Rafe, Ricardo vivirá con el terror metido en los huesos.

Abel se rascó la cabeza, intrigado por las revelaciones del pasado.

—Me sigue pareciendo un misterio... ¿Quién demonios fue el infiltrado que le dijo esa mentira sobre su familia en la base militar?

—Alguien que operaba desde adentro, sin duda. Pero el Tío Teodoro nos ayudará a investigar eso desde su lado.

Abel soltó una carcajada corta y aliviada.

—¡Claro! Ahora que el Tío Teodoro está al tanto de todo, las cosas se pondrán mucho más fáciles. Él puede remover cielo y tierra en el comando militar mejor que cualquiera de nosotros. Al final de cuentas, esa es su jurisdicción.

—Así es —asintió Aspen.

—Voy a enviarle el expediente de Ricardo Rojas de una vez.

Aspen hizo un gesto de asentimiento y, una vez que Abel salió de la oficina, tomó su teléfono para llamar a Carol.

El tono de marcación sonó un par de veces antes de que ella contestara.

—¿Bueno?

—¿Qué estás haciendo? —preguntó él, su voz bajando un par de tonos en un murmullo suave.

—Estoy en el hospital en este momento —dijo Carol—. ¿Ya te desocupaste?

—Sí, acabo de terminar mi reunión con el Tío Teodoro. Se acaba de ir.

—Entonces sigue con tu trabajo, no te preocupes por mí. Estoy con Samira y las demás, en un rato nos vamos de aquí.

—¿Cómo está César?

—Físicamente fuera de peligro, pero anímicamente está destruido.

Aspen guardó silencio.

Carol bajó el volumen de su voz, como si alguien pudiera escucharla.

—Oye, ¿tienes idea de qué fue exactamente lo que le dijo Thor ayer durante la pelea? ¡Está demasiado afectado!

—No tengo la menor idea. Ayer que estuvimos en el hospital, Thor apenas nos dirigió la palabra.

—¿No dijo nada en absoluto?

—Solo se la pasó repitiendo que no tuvo la culpa, aunque juró que no fue su intención lastimarlo.

Carol soltó un bufido de pura indignación.

—¡¿Que no tuvo la culpa?! ¡Es un caso perdido!

—¿Entonces César va en serio con lo de cortar de raíz su amistad?

La ligera ironía en la voz de su esposo hizo que Carol afirmara con aún más seguridad.

—¡Te digo que esta vez César no está jugando! ¡Ya lo verás! El día de mañana, cuando a Thor se le caiga la venda de los ojos y descubra a la verdadera Valentina, podrá ir arrastrándose a pedirle perdón, y te apuesto lo que quieras a que César ni siquiera le va a dirigir la mirada.

Aspen se abstuvo de hacer más comentarios.

De pronto, Carol lo interrumpió.

—Oye, Mateo del Pozo me está llamando por la otra línea. Te dejo, voy a contestar.

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