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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3451

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Mateo del Pozo bajó la voz y dijo al teléfono:

—Abuelo, la señora sigue muy ocupada, mejor no la interrumpimos. Ya platicaremos otro día con más calma.

Luego, se dirigió a ella con respeto:

—Señora Carol, la dejo para que siga con lo suyo. Si hay algo en lo que podamos ayudarla, llámeme a cualquier hora.

Carol respondió, un poco aturdida:

—...Está bien.

Al colgar, se quedó mirando la pantalla del celular, pensativa.

Podía notar que las palabras del abuelo del Pozo sonaban raras, pero no lograba descifrar exactamente qué era. Al fin y al cabo, ella ignoraba por completo que Mateo le había hecho creer a su familia que estaba saliendo con su hija, Tesoro...

El sonido de una tos proveniente de la habitación del hospital la sacó de sus pensamientos. Carol asomó la mirada.

Al ver el rostro pálido y demacrado de la pequeña, suspiró con impotencia.

El anciano tenía razón: los médicos podían curar enfermedades, pero no podían cambiar el destino.

—Ojalá de verdad seas un angelito que solo vino a jugar un rato a la Tierra y, ahora que te cansaste, debes volver al cielo. Adiós, que tengas un buen viaje.

Carol murmuró estas palabras frente a la puerta antes de dirigirse a la habitación donde estaba internada la madre de la niña.

La mujer había colapsado por exceso de agotamiento y angustia. Su estado actual no era mucho mejor que el de su hija, con la diferencia de que la pequeña no viviría mucho más, mientras que ella solo necesitaba descanso y buena alimentación para recuperarse.

Al ver a Carol, la mujer preguntó de inmediato:

—Doctora, ¿hay alguna forma de salvar a mi hija?

Carol negó lentamente con la cabeza. Se acercó, se sentó junto a la cama y, tras tomarle el pulso para evaluar su estado general, le habló con suavidad:

—El tiempo de su pequeña en este mundo está por terminar y no hay forma de retenerla a la fuerza. En lugar de quedarse aquí acostada y consumida por la tristeza, le sugiero que recupere sus fuerzas para acompañarla en el tiempo que le queda.

—Llévenla a conocer lugares hermosos, dejen que haga lo que siempre quiso, complázcanla en todo lo que la haga feliz.

Las lágrimas brotaron de los ojos de la madre.

—¿De verdad no hay cura?

Carol asintió con firmeza.

—Ya no la hay.

Mientras la mujer lloraba, el padre preguntó con voz temblorosa:

—Pero... ¿ella está en condiciones de salir del hospital?

—¡Por supuesto! —afirmó Carol—. En lugar de dejarla encerrada aquí, sáquenla. Cada día de felicidad que le regalen será una victoria. Aunque sea pequeña, los niños perciben la energía de los adultos. Si ustedes están destrozados, ella también lo estará. Si ustedes sonríen, ella sonreirá con ustedes.

El hombre se sentó en el borde de la cama y, con los ojos llorosos, consoló a su esposa:

—La doctora tiene razón, mi amor. No podemos dejarnos vencer frente a ella. Tenemos que hacerla feliz.

Mientras la mujer sollozaba desconsolada, Carol miró al hombre.

—¿Me permite tomarle el pulso también?

Él la miró con extrañeza.

—¿A mí? ¿Por qué?

—Solo para revisar su estado de salud general —explicó Carol.

El hombre dudó un segundo, pero extendió el brazo.

—Está bien.

Tras tomarle el pulso, Carol soltó un suspiro de alivio en silencio. Efectivamente, Dios aprieta pero no ahorca. Cuando se cierra una puerta, siempre se abre una ventana.

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