Apenas llegaron a casa, el Dr. Nathan llamó a Aspen.
—Aspen, ya le envié la información completa de Ricardo a Carol. Échenle un vistazo.
Aspen asintió con un sonido afirmativo.
—El caso de Ricardo es especial. Mantén su situación en secreto por el momento.
El Dr. Nathan dijo: —Lo sé, ya di instrucciones de trasladar su cuerpo a una morgue privada con cámaras de vigilancia las veinticuatro horas.
Aspen volvió a murmurar un —mjm— y colgó el teléfono.
Carol se acercó con su teléfono en mano.
—El Dr. Nathan ya me mandó la información de Ricardo. Revísala, y si todo está bien, se la reenvío a Gael.
Aspen la abrió, le dio una leída rápida. —Mándasela.
Carol asintió y, tras reenviar los archivos a Gael, le preguntó a Aspen:
—¿No vas a poder dormir esta noche?
Aspen respondió: —Ve a descansar tú primero. Yo me dormiré más tarde, presiento que el Tío Teodoro me contactará pronto.
Carol sabía que habían pasado muchas cosas ese día, y aunque lo obligara a acostarse, él no podría pegar el ojo, así que le dijo:
—Entonces iré a lavarme. No tienes que acompañarme, ve al estudio a trabajar.
Aspen le tomó el rostro entre las manos y le dio un beso. —Gracias por entenderlo, mi amor.
Carol suspiró con impotencia y lo miró con cariño.
—Tú eres el que más se esfuerza, no te exijas demasiado.
Aspen sonrió. —Lo sé.
Le dio otro beso a Carol, salió de la recámara y se dirigió al estudio.
El hombre de la línea segura volvió a llamar.
—Escuché que Ricardo fue llevado a la morgue. ¿En serio está muerto?
Aspen frunció el ceño. —¿Por qué preguntas si no te importa?
El otro rio levemente.
—La verdad es que sí nos importa. Después de todo, fue nuestro colega durante muchos años. Vivir en el anonimato más de treinta años, sin pasar un solo día de tranquilidad, para terminar muriendo así... es una lástima.
Aspen inquirió: —¿Acaso te preocupas mucho por él?
El hombre respondió: —A todos nos importa.
Aspen encendió un cigarrillo.
—Si de verdad les importa, vengan a verlo frente a frente, no se los impediré.
El otro preguntó: —¿Tienes muchas ganas de que vayamos?
Aspen dijo: —Si de verdad quieren hacer negocios, reunirnos será cuestión de tiempo.
El hombre rio. —No te falta razón. Sin embargo, el lugar de encuentro no tiene por qué ser Puerto Rafe, ¿o me equivoco?
Aspen se quedó en silencio, y el hombre continuó:
—¿Qué pasaría si queremos que tú vengas a nuestro lado?
Aspen contestó con tono tranquilo:
—Eso dependerá de las condiciones que ofrezcan. Si son lo suficientemente buenas y vale la pena el riesgo, iré.
El otro, lleno de curiosidad, dijo: —¿No te da miedo venir y no poder regresar?

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