—Incluso si mi nieto se recupera, no te la vas a llevar de arriba. ¡Por cada gota de dolor que él sienta, te haré sentir diez veces más!
—¡Vas a ir al hospital, te arrodillarás ante él y suplicarás perdón hasta que te sangren las rodillas!
—¡Y tú solo no bastas! ¡Llama a tu padre y a tu madre! ¡Toda tu familia se arrodillará para pedirle perdón a mi nieto!
—¡La culpa de que un niño sea un salvaje es de los padres por no saber educarlo!
La anciana escupía insultos sin parar, pero Ledo no decía ni una palabra.
Protegido por varios guardaespaldas, estaba sentado en un banco del parque, llorando a moco tendido, con la mente puesta únicamente en lo que le pasaba a Kevin Ibarra.
A lo lejos, Carol lo vio y sintió que el corazón se le partía.
Corrió hacia él con los ojos llorosos.
—¡Ledo!
Al escucharla, el niño levantó la vista.
La anciana también miró hacia Carol, frunciendo el ceño y escrutándola de arriba a abajo con una mirada cargada de desprecio.
Ledo se levantó y corrió hacia ella.
—¡Mamá!
La anciana arrugó aún más el rostro.
—¿Tú eres su madre?
Carol la ignoró por completo y siguió corriendo hacia su hijo.
La anciana estiró la mano para agarrar a Carol del brazo, pero Lola Ortega, que venía justo detrás, le dio un fuerte manotazo, apartándola.
—¡No te atrevas a tocar a mi hija! —le gritó Lola con voz gélida.
La anciana, furiosa, la miró con odio.
—¿Es tu hija? ¿O sea que ese mocoso salvaje es tu nieto?
Lola asintió con altivez.
—¡Así es!
Joaquín Ortega se adelantó, rodeó a Lola por los hombros y fulminó a la anciana con la mirada.
—¿Qué demonios quieres?
Al ver la postura intimidante de Joaquín, la anciana bufó.
—Esto es una charla entre mujeres, ¡los hombres no tienen derecho a meterse! ¡Hazte a un lado!
Joaquín se plantó firme.
—¡Estoy protegiendo a mi esposa!
La anciana abrió mucho los ojos.

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