Lola frunció el ceño.
—A esto se le llama defensa propia. ¡Ustedes fueron los primeros en atacar!
La anciana apretó los dientes, miró a los guardaespaldas que gemían en el suelo y no pudo evitar que un escalofrío le recorriera la espalda.
¡Ese hombre había derribado a todos en cuestión de segundos! ¡Claramente era un experto letal!
Sabiendo que no podía ganar, decidió que lo mejor era huir.
—¡Ya verán! ¡La familia Castillo no se los perdonará! —gritó la anciana antes de meterse a trompicones en su lujoso auto y escapar humillada.
Joaquín y Lola le dedicaron una última mirada de desprecio antes de acercarse rápidamente a Ledo y Carol.
Ledo seguía llorando desconsolado.
—¡Y-yo quiero ver a Kevin! ¡Ese cobarde... d-debe estar muerto de miedo! ¡Tengo que ayudarlo! ¡Buaaa, mamá...!
Carol lo abrazó, con los ojos llenos de lágrimas, y trató de consolarlo.
—Tu papá ya te lo dijo, a Kevin no le pasará nada malo. No te preocupes, mi amor.
Aspen, de pie junto a ellos, sintió cómo se le encogía el corazón al ver así a su hijo.
—Te prometo, Ledo, que Kevin estará bien.
Lola, con una ternura infinita, le secó las lágrimas al niño.
—Ledo, tienes que confiar en tus papás. Ellos tienen el poder para proteger a Kevin.
—Además, los problemas que tiene el abuelo de Kevin no tienen nada que ver con él. A él no lo van a castigar por eso, ¿de acuerdo? Tranquilo.
Pero Ledo seguía sollozando.
—Pero debe estar muy triste... Él adora a su abuelo, y su abuelo lo mima muchísimo.
—Aunque a veces se queje de que su abuelo es muy estricto y diga que no lo quiere, siempre que llama a casa pregunta por su salud.
—¡Él se preocupa mucho por su abuelo, en el fondo lo quiere muchísimo!
—Ahora que su abuelo está en problemas, Kevin debe estar destrozado. ¡Quiero estar con él! Cuando yo estaba triste, él siempre estuvo a mi lado... ¡Buaaa!
Carol lo apretó con más fuerza contra su pecho.
—Entendemos perfectamente cómo te sientes, mi amor. Pero no te desesperes. En cuanto podamos entrar a la casa de los Ibarra, te prometo que seremos los primeros en llevarte a ver a Kevin.
Ledo seguía llorando, y la angustia del niño era tan contagiosa que a Carol y Lola también se les escaparon las lágrimas.
Después de un rato, Aspen intervino en voz suave:

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