—Disculpen, ¿quién de ustedes es el señor Bello?
Aspen frunció el ceño levemente.
—¿Qué se te ofrece?
—¿Usted es Aspen Bello? —preguntó el hombre.
—Ve al grano.
El hombre apretó los labios y le tendió una tarjeta de presentación.
—Buenas tardes, señor Bello. Soy Cosme Basurto, el asistente de confianza de don Feliciano Castillo. Me envió personalmente para recogerlos. Le gustaría tener unas palabras con ustedes.
Al escuchar el nombre, Abel y Ledo abrieron los ojos de par en par y preguntaron casi al mismo tiempo:
—¿Cómo dijiste que te llamas?
El hombre frunció el ceño, irritado.
—¡Cosme Basurto!
Abel y Ledo intercambiaron una mirada y no pudieron contener la risa. Abel soltó una carcajada.
—¿Come Basura? Vaya, tus padres sí que tenían sentido del humor al ponerte el nombre.
Cosme captó la burla de inmediato. Se le ensombreció el rostro, los fulminó con la mirada y volvió a dirigirse a Aspen.
—Señor Bello, mi tarjeta.
Aspen no hizo el menor intento por tomarla. Sabía perfectamente que venían por el asunto de Gaspar.
—¿Dónde quiere hablar? —preguntó directo.
Cosme apretó los labios y retiró la tarjeta.
—Don Feliciano se encuentra en el hospital en este momento.
Aspen se giró hacia Carol.
—Lleva a Ledo y a tus padres al hotel. Yo iré al hospital a ver qué quieren.
Carol y Lola protestaron al unísono:
—¡Nosotras también vamos!
Madre e hija cruzaron miradas, y Carol tomó la palabra:
—Cuando se trata de una pelea entre niños, las madres tienen que estar presentes. ¡Iremos todos, y Ledo también viene!
Lola y Carol pensaban exactamente igual. Si Gaspar estaba en el hospital, lo más seguro es que su madre y su abuela también estuvieran allí.
¡Las guerras de mujeres las tienen que pelear las mujeres!
Si Aspen iba solo, seguro que lograría resolver el asunto, pero... dejar que un hombre se enfrentara solo a las quejas venenosas de la madre y la abuela de Gaspar no las dejaba tranquilas.
¡No iban a permitir que lo pisotearan con dramas baratos!
Al escuchar el nombre de Gaspar, Ledo también frunció el ceño con determinación.
—Mi mamá tiene razón. Yo causé este problema y no voy a esconderme. Daré la cara.

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