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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3527

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—Pero si Aspen Bello se niega a besarles los pies y a ser su cajero personal, entonces sí que las cosas se pondrán feas.

Lucio lo miró, intrigado.

—¿Tú qué crees que elija Aspen?

Helio soltó un largo suspiro, con la vista clavada en el hospital.

—La verdad, no lo sé. No lo conozco lo suficiente. Lo mejor será observar desde las sombras por ahora. Si logran llegar a un acuerdo, no hará falta que nosotros nos metamos.

Lucio asintió, comprendiendo el plan.

—De acuerdo.

...

Mientras tanto, en el hospital, Aspen y su grupo habían llegado finalmente a la habitación de lujo.

Gaspar Castillo estaba recostado en la camilla, envuelto en vendas casi de pies a cabeza, gimiendo dramáticamente: —¡Ay! ¡Me duele, me duele!

Su madre, Silvana Castillo, estaba sentada al borde de la cama, llorando a mares y llenándolo de consuelos empalagosos.

Su padre, Javier Castillo, estaba sentado en el sofá con los brazos cruzados, el ceño fruncido y una expresión fúnebre.

Cosme se acercó a Javier con una reverencia exagerada.

—Joven Javier, ya los traje.

Javier arrugó el rostro y clavó sus ojos furiosos en el grupo. De inmediato, su mirada se posó en Ledo.

—¿Tú eres el mocoso desgraciado que se atrevió a golpear a mi hijo?

Al escuchar esto, Silvana giró la cabeza bruscamente.

Gaspar señaló a Ledo y estalló en un llanto histérico.

—¡Fue él! ¡Ese es el que me pegó! ¡Papá, mamá, hagan algo! ¡Mátenlo a golpes! ¡Buaaa!

Silvana, hirviendo de rabia, apretó los dientes, se puso de pie y avanzó como una fiera hacia Ledo.

—¡Eres un animal! —chilló con la voz rota—. ¡¿Cómo te atreves a tocar a mi hijo?! ¡¿Qué te crees, pedazo de basura?! ¡Hoy mismo voy a matarte a palos! ¡Te voy a arrancar la piel a tiras, te voy a romper cada hueso y se los voy a echar a los perros!

Silvana avanzaba, haciendo resonar sus tacones en el suelo de mármol, con los ojos inyectados en sangre.

Ledo simplemente frunció el ceño en silencio, pero bajo sus mangas, Cano y Pink abrieron los ojos al mismo tiempo, clavando sus pupilas de reptil en la mujer.

Si Aspen no les hubiera dado una advertencia explícita en el estacionamiento, en ese preciso segundo ya habrían saltado a arrancarle la yugular.

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