El rostro de Javier Castillo era una máscara de furia contenida. Clavó la mirada en Aspen.
—Si no vinieron a arrastrarse y pedir perdón, ¿a qué demonios vinieron?
Aspen se movió sutilmente para proteger a Carol con su propio cuerpo, dejándose como la única barrera entre ella y los Castillo.
—Vinimos a exigir explicaciones.
Javier soltó una carcajada incrédula.
—¡¿Qué estupidez acabas de decir?!
—Mientras estábamos fuera de La Capital, su familia envió a un ejército de matones para lastimar a mi hijo. ¡Quiero que me expliquen qué demonios significa eso! —sentenció Aspen, con la voz cargada de peligro.
Javier apretó los labios, ofendido por la audacia de ese empresario de pacotilla.
—Tú sabes perfectamente por qué mandé a mis hombres tras tu maldito hijo. ¡Ese salvaje golpeó al mío primero!
—Si los niños tienen un problema escolar, buscas a los padres para arreglarlo. Pero mandar a más de veinte gorilas para emboscar a un niño en la calle... ¿Cuál era la orden? ¿Matarlo a golpes? —replicó Aspen, sin inmutarse.
Javier, confiado en su estatus y en el terror que inspiraba el apellido Castillo, levantó la barbilla.
—¡Él casi mata a mi hijo! ¡Darle una lección en las calles era lo mínimo que se merecía!
La mirada de Aspen se volvió aún más fría.
—Su hijo fue el que provocó la pelea. Que haya recibido una paliza es culpa de su propia estupidez.
Silvana, incapaz de contenerse por más tiempo, gritó histérica:
—¡¿Qué clase de monstruos son ustedes?! ¡¿Su hijo comete una barbaridad y ustedes no solo no lo castigan, sino que además justifican que ande por ahí golpeando gente?!
Carol dio un paso al frente para responder, sin dejar que Aspen se llevara todo el peso de la discusión.
—Viendo lo espantosa que es la educación en su casa, no me molesta en absoluto que mi hijo le haya hecho el favor de educar al suyo a golpes.
Silvana sintió que la sangre le hervía. Apuntó con el dedo hacia la camilla donde yacía Gaspar y chilló con los pulmones a punto de estallar:
—¡Abre bien los ojos! ¡Mi hijo está postrado en una cama de hospital, cubierto de heridas de pies a cabeza! ¡Todo por culpa de la bestia de tu hijo! ¡¿Y tienes el descaro de decir que él no hizo nada malo?!
Carol frunció el ceño con absoluto desdén.
—El que termina más herido en una pelea, no es automáticamente la víctima.
Abel se metió en la conversación, disfrutando cada segundo del enfrentamiento.
—Exacto. Esto solo demuestra que el chico de su familia es un incompetente. Si no sabes defenderte, ¡no andes provocando a la gente! Lo que le pasó es culpa suya por buscar problemas donde no podía ganar.
Silvana parecía a punto de sufrir un colapso nervioso. Pisoteó el suelo de rabia.
—¡¿Acaso ustedes no saben lo que significa la palabra 'lógica'?! ¡¿Están locos?!
—Si quieres hablar de lógica y razón, entonces vamos a cambiar el tono. ¡Para empezar, límpiate la boca antes de hablar y baja esos humos de superioridad! —exigió Carol, sin retroceder ni un milímetro.
Silvana estaba roja de furia.

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