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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3529

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Al escuchar esto, Javier soltó una carcajada seca y cargada de desprecio.

—Ah, ahora lo entiendo todo. El niñito se cree el caballero de la familia Ibarra.

Miró a Aspen con altanería, como si hablara con un súbdito.

—Dígame algo, señor Bello. Supuestamente usted es un empresario de alto nivel, un hombre inteligente. A estas alturas del partido, ¿de verdad sigue permitiendo que su hijo defienda a los Ibarra? ¿Acaso vive debajo de una piedra y no sabe lo que les está pasando?

Aspen lo ignoró por completo.

—No hay que mezclar las cosas. Esto es un conflicto entre niños, no un asunto político.

Javier sonrió con burla.

—Todos en La Capital saben que la familia Castillo y la familia Ibarra son enemigos a muerte. Ya que esto acaba de volverse un asunto sobre los Ibarra, le aseguro que no se va a solucionar tan fácilmente.

La mirada de Javier se tornó venenosa.

—Y una simple disculpa ya no será suficiente. Puede ir despidiéndose de este hijo suyo, señor Bello.

La amenaza flotó en el aire, pesada y letal.

Pero antes de que pudiera disfrutar de su supuesta victoria, una sombra se movió a la velocidad del rayo.

¡Gael lanzó una patada brutal directo a la parte posterior de las rodillas de Javier!

Los tendones de Javier colapsaron al instante y, con un sonido seco, cayó de rodillas frente a ellos con un fuerte golpe.

¡Pero eso no fue todo! Antes de que Javier pudiera siquiera emitir un gemido de dolor, algo helado le rozó el rostro.

¡Era la punta de una navaja, detenida a milímetros de su ojo derecho!

Javier sintió que el corazón se le detenía. El terror lo paralizó de tal forma que ni siquiera se atrevió a respirar.

Silvana soltó un grito aterrador.

—¡Ahhhh! ¡Auxilio! ¡Guardias!

Dos guardias de seguridad del hospital irrumpieron en la habitación gritando:

—¡Baje el arma ahora mismo!

Aspen ni siquiera se molestó en mirar a los guardias. Mantuvo sus ojos clavados en Javier y, con la voz más fría y oscura que el hielo, sentenció:

—Atrévete a tocarle un solo dedo a mi hijo... y te juro que haré que toda tu familia lo acompañe a la tumba.

Javier estaba humillado y furioso, pero con una hoja de acero a punto de perforarle el globo ocular, el pánico dominaba cualquier otro instinto.

—Q-quita... quítame eso de la cara... —tartamudeó, temblando de miedo.

Justo en ese momento, una voz imponente y arrogante resonó desde la entrada de la habitación.

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