Gael, que iba en el asiento del copiloto, giró la cabeza para responder:
—Por ahora solo lo hemos visto a él. Cuando lo localizamos, ya estaba en el hospital. ¿Qué pasa? ¿Alguien más volvió con él?
—Me dijeron que sí —respondió Aspen.
—... Haré un par de llamadas para que investiguen —ofreció Gael.
—No es necesario —lo detuvo Aspen—. Lo veremos en cuanto lleguemos. No tiene caso desgastarnos ahora.
Abel, que iba conduciendo, preguntó intrigado:
—Aspen, ¿volvemos con tanta prisa por culpa de ese joven guardaespaldas?
Aspen frunció el ceño.
—No por él, sino por la persona que regresó con él.
—¿Eh? —Abel no entendía.
—¿Vinieron a negociar? —dedujo Gael.
Aspen asintió.
Abel finalmente comprendió y abrió los ojos de par en par.
—¿Aceptaron nuestras exigencias?
—Vinieron, sí. Pero habrá que ver cuánto están dispuestos a soltar —respondió Aspen con cautela.
Abel murmuró para sí mismo:
—¿De verdad están dispuestos a intercambiar información sobre Lázaro Rojas solo para saber cómo murió Ricardo Rojas? ¿Tanto les importa la causa de su muerte?
—Una persona que no sigue las reglas es como una bomba de tiempo. Para ellos, representa una amenaza latente demasiado grande —explicó Aspen—. Además, si no investigan este asunto a fondo, aparecerán más personas como él y toda su organización se volverá incontrolable. Perderían autoridad, y una vez que la autoridad se pierde, es casi imposible recuperarla. Por eso, harán lo que sea para encontrar al asesino.
Abel asintió pensativo y volvió a preguntar:
—Ya tenemos información sobre Lázaro Rojas. ¿Aún planeas negociar con ellos?
Aspen lo meditó un momento.
—Primero quiero ver a la persona que enviaron. Luego decidiremos.
...
Un poco más de una hora después, los tres hombres llegaron a Puerto Rafe.
Antes de llegar al hospital, Aspen recibió una llamada del Dr. Nathan.
—Aspen, ¿cuál es la situación por allá? ¿Tienes idea de a qué hora podremos irnos del hospital?
—¿Tienes alguna emergencia? —preguntó Aspen.
—Yo no, pero mi asistente quiere salir. Hoy es su cumpleaños y su familia la está esperando en casa.
—¿Qué tanto sabe ella sobre el estado de Ricardo Rojas?
—Solo sabe que tuvo una muerte violenta, pero no conoce los detalles. En todo el hospital, el único que sabe la verdadera causa de su muerte soy yo.
—Entonces déjala ir —dijo Aspen.
Nathan sonaba un poco preocupado.
—¿Estará en peligro?
—El peligro solo existe cuando sabes demasiado. Ella no sabe nada, estará a salvo.
Nathan suspiró, aliviado.
—Perfecto, le diré que recoja sus cosas y se vaya a celebrar. Por cierto, ¿necesitas que haga algo más?
—Solo concéntrate en tu trabajo. No te preocupes por nada más, ni siquiera por tu seguridad. Estás completamente a salvo en el hospital.

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