Poco después, el auto entró al recinto del hospital y se estacionó en uno de los espacios exteriores.
—¿Quieres que vaya yo a tantear el terreno primero? —preguntó Gael.
Aspen lo pensó un instante.
—Iré yo.
Abrió la puerta y bajó del vehículo, caminando directamente hacia donde se encontraba el guardaespaldas.
Al ver esto, Abel y Gael salieron rápidamente tras él.
Los hombres encargados de vigilar la zona del hospital se acercaron apresuradamente al reconocerlos.
—Jefe Aspen, Abel, Gael.
—¿Algún movimiento? —preguntó Aspen.
El hombre negó con la cabeza.
—Ninguno. Sigue en la misma posición en la que apareció. No habla, no se mueve, parece que simplemente está esperando a alguien.
—¿Ha venido alguien más al hospital? —insistió Aspen.
—Solo pacientes y personal médico, pero todos se mueven por la parte de enfrente. Nadie ha entrado a este patio.
Estaban en la parte trasera del hospital, donde se ubicaba la morgue.
—¿Estás seguro? —reiteró Abel.
—Totalmente seguro. No le quitamos los ojos de encima. Si entrara una mosca, nos daríamos cuenta.
Abel le dio unas palmadas en el hombro.
—Buen trabajo.
El guardia sonrió con naturalidad.
—No es nada, solo hacemos nuestro trabajo. Ah, por cierto, hoy me llamó Manuel. ¿Será que ya va a regresar?
Abel alzó las cejas, sorprendido.
—¿Manuel?
—Sí.
—¿Y para qué te llamó?
—Solo para platicar un rato. Me preguntó si estaba cansado, si había mucho trabajo y cuándo tendría tiempo para ir a visitarlo.
Abel sonrió.
—Ese idiota debe sentirse solo otra vez.
—Lo más seguro es que sí —río el hombre—. Lleva años trabajando fuera. Nosotros no lo hemos visto en mucho tiempo, la verdad es que se le extraña.
—¿Te dijo que pensaba volver?
—No, eso no. Yo creo que solo nos extrañaba, porque luego me preguntó cuándo íbamos a ir a verlo.
Abel miró a Aspen, quien intervino:
—Él puede volver cuando quiera. Más tarde llámalo y dile que si quiere regresar, que lo haga, mientras deje a alguien cubriendo su puesto allá.
—Entendido —asintió Abel.
Pero Aspen no había terminado.
—Cuando Manuel te preguntó qué estabas haciendo, ¿qué le respondiste?
El guardia parpadeó, claramente sorprendido por la pregunta.
—Le dije que estaba haciendo guardia en el hospital. Me preguntó qué estaba vigilando, y le contesté que a un muerto. Luego me preguntó qué tenía de interesante vigilar a un muerto, y le respondí que era un muerto importante, alguien que al jefe le importaba mucho. Después de eso no preguntó nada más. Platicamos un rato de otras cosas y colgó.
—¿Mencionaron el nombre de Ricardo Rojas? —presionó Aspen.
—No, señor.
Aspen no hizo más preguntas.

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