—¿Qué se cree este tipo? ¿Que puede pedir lo que se le dé la gana?
—¡Está claro que no tiene ninguna intención real de negociar!
—Antes, cuando hablábamos sobre la muerte de Ricardo Rojas, solo nos pedía información sobre Lázaro Rojas. Lo de los asesinos de sus padres lo íbamos a negociar aparte, junto con el tema del virus de 8ª generación. ¡¿Por qué diablos mezcló las dos cosas hoy?!
Arthur, al otro lado de la videollamada, apretó los dientes y frunció el ceño con odio.
—¡Cree que somos nosotros los que le estamos rogando favores, por eso se atreve a exigir tanto! ¡Incluso tuvo el descaro de mutilar a mis hombres en mi cara! ¡Ese tipo es un arrogante maldito!
Una de las voces en la llamada preguntó:
—¿Eso significa que ya no le importa la información de Lázaro Rojas?
—Dijo que la identidad de los asesinos de sus padres le importa muchísimo más que la información de Lázaro Rojas —respondió Arthur, frustrado.
Se hizo un silencio sepulcral en la línea. Poco después, otra persona intervino:
—¿Será posible que ya sepa todo sobre Lázaro Rojas?
—No lo sé —admitió Arthur—. Pero sus exigencias son muy claras: quiere la lista de las personas que mataron a sus padres. Si no se la damos, rompe las negociaciones. Si se la entregamos, está dispuesto a hablar de eso y, de paso, del virus de 8ª generación.
Otra voz saltó de inmediato:
—¡Pero no podemos darle esa lista! Todos nosotros estuvimos involucrados, todos somos culpables.
—¿Y si la falsificamos? —sugirió Arthur—. ¿Si le entregamos una lista falsa?
—Ni se te ocurra —rechazó otro—. Aspen Bello no es estúpido. No puedes engañarlo con un pedazo de papel inventado.
Arthur resopló, desesperado.
—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Se cancelan las negociaciones? ¿Dejaremos que el asesino de Ricardo Rojas se salga con la suya?
—¡Claro que no! ¡Tenemos que atraparlo! —exclamó uno de los líderes con firmeza—. Si no lo atrapamos, perderemos el control sobre nuestra propia gente. Si no quiere por las buenas, lo haremos por las malas. Robaremos el cuerpo de Ricardo y le haremos la autopsia nosotros mismos.
Arthur miró por la ventana, clavando una mirada cargada de repulsión en el joven asesino que aguardaba afuera.
—El Líder envió a Nueve al hospital precisamente para eso, por si teníamos que llevarnos el cuerpo a la fuerza... ¡Pero el muy inútil arruinó todo! ¡Aspen sacó el cuerpo de Ricardo del hospital y ese pedazo de basura ni siquiera se dio cuenta! ¡Es un completo inútil! ¡Incluso mis hombres son mejores que él! ¡No entiendo por qué El Líder lo valora tanto!
»Le ordenaron proteger a Ricardo, y Ricardo murió frente a sus narices. Le ordenaron vigilar el cuerpo, ¡y lo sacaron del hospital sin que se enterara!
Arthur estaba ahogado en veneno y resentimiento, pero todos los demás en la llamada guardaron absoluto silencio.
Todos sabían perfectamente que Nueve era el protegido personal de El Líder. Había sido criado y entrenado por él mismo. Como decía el refrán: para golpear al perro, hay que mirar primero la cara del amo. Hablar mal de Nueve equivalía a escupirle en la cara a El Líder.
Por eso, los más inteligentes optaron por cerrar la boca y guardarse sus opiniones.
Tras un momento de tenso silencio, alguien finalmente habló:
—Tendremos que consultar esto directamente con El Líder. Arthur, mantente a la espera por allá. No hagas ningún movimiento precipitado. Y otra cosa: no provoques a Nueve. Si él te mata a ti, no le pasará nada. Pero si tú le pones un dedo encima, el que terminará muerto serás tú.
El rostro de Arthur se oscureció y su mandíbula se tensó hasta doler.
—Entendido —respondió con voz ronca.
En cuanto terminó la videollamada, Arthur agarró la taza de té que tenía en la mesa y la estrelló contra la pared.

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