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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3599

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En cuanto Aspen salió de la cafetería, Abel, que estaba esperando ansiosamente en el piso de abajo, corrió a su encuentro.

—Aspen, ¿estás bien?

—Estoy bien —respondió Aspen con calma.

Abel dejó escapar un suspiro de alivio.

—Hace un momento vi salir a uno de ellos con el ojo destrozado. ¿Se pelearon de nuevo?

—Fue una advertencia para que los demás se quedaran quietos. No se atrevieron a mover un dedo —explicó Aspen mientras Abel le abría la puerta del auto.

Abel subió al asiento del conductor, se abrochó el cinturón y arrancó el motor mientras preguntaba:

—¿Y cómo les fue? ¿Llegaron a un acuerdo de paz?

—No exactamente. Elevé las apuestas para obligarlos a debatir entre ellos.

—Y si subiste tus condiciones... ¿crees que acepten?

—La información que quieren averiguar está en mis manos. Lo que vinieron a buscar también lo tengo yo. Aunque no quieran, no tienen otra opción, a menos que decidan dejar de buscar al asesino de Ricardo. Vámonos, llévame a casa.

Abel asintió y puso en marcha el vehículo.

Sin embargo, la identidad de Arthur no dejaba de preocuparle.

—Ese tipo, Arthur, tiene demasiado peso político. ¿Cómo vamos a lidiar con él? Si cometemos un error, podríamos causar un conflicto diplomático. Va a ser un dolor de cabeza.

Aspen se mostró completamente imperturbable.

—Él tendrá mucho peso político, pero nosotros somos ciudadanos comunes. No nos metemos en política y todo lo que hacemos es por cuenta propia. No representamos al país. ¿De qué te preocupas? El que anda descalzo no le teme al que lleva zapatos.

»De hecho, los que deberían estar temblando son ellos. Nosotros podemos aprovechar cualquier tropiezo suyo para destruirlos, pero, ¿qué nos pueden hacer ellos a nosotros?

Abel lo meditó un segundo y su rostro se iluminó.

—¡Tienes razón! Si un diplomático viene a hacer sus porquerías a otro país, la comunidad internacional condenará a toda su nación. Pero si unos empresarios locales le dan una paliza a un diplomático extranjero, solo demostrará lo inútil y débil que es ese diplomático.

Aspen asintió.

—Exacto.

Abel sonrió satisfecho, pero pronto otra preocupación cruzó por su mente y frunció el ceño.

—Pero... si deciden no negociar con nosotros, ¿qué haremos? Las pistas se acabarían cortando de nuevo.

—No se cortarán. Aún nos falta investigar Mar de Nubes y también el asunto en La Selva con Doña Flores. Descubrir la verdad de esos dos frentes nos llevará tiempo. Además, todavía nos queda Cauto y la misteriosa Zona A...

Abel asintió sin despegar la vista del camino.

—Tienes razón. Por cierto, ¿cuándo empezaremos a investigar lo de Mar de Nubes?

—Esperemos un poco más —dijo Aspen, saliendo de sus pensamientos.

Justo cuando terminaba de hablar, su teléfono sonó. Era Gael.

—El cuerpo de Ricardo Rojas ya está asegurado en el nuevo lugar.

Aspen no pidió detalles; confiaba ciegamente en la eficacia de Gael.

—¿Qué pasó con el joven guardaespaldas?

—Sigue en el hospital.

Aspen arqueó una ceja con curiosidad.

—Trasladaste un cadáver. ¿No se dio cuenta? ¿No notó nada raro?

—No. Hoy no está en sus cinco sentidos. Se veía completamente distraído.

Aspen entrecerró los ojos.

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