Flora sonrió sutilmente y preguntó: —¿Cuándo vuelve?
Carol respondió: —Por ahora, se dirige a Leona. Aún no estoy segura de qué día regresará exactamente.
—Entonces, Tía Carol, por favor avíseme cuando vuelva. Tengo un regalo para ella.
Carol la miró con dulzura. —¿Le preparaste un regalo a Tesoro?
—Un regalo de Fin de Año —asintió Flora.
Carol sintió el corazón derretirse. —Qué linda. Te doy las gracias de parte de Tesoro.
—No es nada —respondió Flora con una leve sonrisa.
Mientras Carol la observaba, sentía un afecto creciente por la pequeña.
No estaba segura de si era parte de su naturaleza o producto de la excelente educación de la Familia Ibarra, pero cada sonrisa y cada movimiento de Flora irradiaban una gran elegancia. A pesar de su corta edad, transmitía una tranquilidad indescriptible.
Seguramente era innato, pensó, ya que, de todos los jóvenes de la Familia Ibarra, solo Flora desprendía esa particular aura de seguridad.
Era similar a Laín; su forma de actuar y tratar a los demás brindaba mucha paz.
Ledo, aunque criado bajo los mismos valores, era mucho más travieso e inquieto.
Carol le dijo: —Si Tesoro va directamente a Puerto Rafe, yo le llevaré tu regalo. Pero si viene a La Capital, podrás entregárselo tú misma.
Flora asintió con la cabeza. —¿Y vendrá a La Capital?
—No estoy segura. Le preguntaré cuando hable con ella.
Flora asintió de nuevo. —Está bien.
...
Por otro lado, Eric vio que Tesoro había terminado su llamada y se apresuró a preguntar:
—¿Qué dijeron tus padres?
—Tanto papá como mamá estuvieron de acuerdo. Iremos a Leona primero y luego regresaremos juntos a Puerto Rafe —explicó Tesoro.
Eric dejó escapar un suspiro de alivio en secreto. —Perfecto.
Él también deseaba ir a Leona primero. Había pasado tanto tiempo sin ver a sus padres y los extrañaba muchísimo.
Además, los graves problemas recientes en la Familia Enríquez lo mantenían profundamente preocupado.
Si no hubiera sido por Tesoro, habría bajado de la montaña mucho antes. Ahora que finalmente había descendido, ansiaba regresar a casa.
Pero si ella hubiera decidido regresar a Puerto Rafe, él no habría dudado en acompañarla.
Había prometido protegerla y cumpliría su palabra pase lo que pase.
Al menos, se aseguraría de entregarla sana y salva a los brazos de su familia.
Había un automóvil esperándolos al pie de la montaña. Ambos subieron y se dirigieron al aeropuerto para volar a Leona.
Durante el vuelo, Tesoro le preguntó:
—Eric, ¿cuánto tiempo hace que no vas a tu casa?
Eric lo pensó un momento. —Unos siete u ocho años.
Tesoro lo miró asombrada. —¡Guau, es muchísimo tiempo!
—La última vez que volví tenía diez años —relató Eric—. Después de eso, fueron mis padres quienes viajaron a verme. Solo nos veíamos en otras ciudades.
—¿Y cuándo fue la última vez que viste a tus padres?

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