El empleado de la familia Enríquez susurró con inquietud:
—Como usted lleva tantos años sin regresar, estas personas empezaron a esparcir rumores y siempre aprovechan las reuniones de fin de año para causar problemas.
Eric Enríquez frunció el ceño. —Lo sé.
Desde que tenía uso de razón, la familia Enríquez había sido exactamente así.
A pesar de ser una sola familia y llevar la misma sangre en las venas, vivían en una constante red de manipulaciones y ataques entre ellos.
Todo el mundo allá afuera solía decir que él era el afortunado joven maestro de una familia adinerada, nacido en cuna de oro y destinado a disfrutar de la vida.
¡Pero solo él conocía la opresión y el tormento que significaba vivir rodeado de los Enríquez!
Dentro del santuario ancestral, Tesoro entró con firmeza y declaró en voz alta:
—El que acusa, debe presentar pruebas. Si ustedes están tan seguros de que Eric está muerto, entonces sean ustedes quienes traigan su certificado de defunción.
—¿Por qué ustedes no aportan ninguna evidencia y en su lugar obligan al tío Benjamín a demostrar que Eric sigue vivo? Eso no tiene ninguna lógica.
Al escuchar su voz, todos los presentes giraron la cabeza al unísono para mirarla.
Tesoro llevaba un gorrito de lana y una chaqueta abrigada. Se veía tierna, cálida y muy infantil.
La multitud se sorprendió. —¿Quién es...?
Benjamín se quedó atónito. —¡¿Simone?!
Hacía unos momentos, Tesoro y Eric habían llegado juntos a la residencia. Un empleado reconoció a Eric e iba a anunciar su llegada, pero él se lo prohibió.
Al enterarse de que todos estaban reunidos en el santuario, se dirigieron directamente allá.
Y justo a tiempo, lograron escuchar las exigencias de la multitud desde la puerta...
Como nadie sabía de su regreso, los miembros de la familia Enríquez se quedaron boquiabiertos al ver a la pequeña.
Tesoro le dedicó una sonrisa a Benjamín y caminó hacia él, saludando con educación a su paso:
—Buenas tardes, tío Benjamín, abuelo Alfredo, abuelo Arturo y respetados ancianos.
Benjamín no salía de su asombro. —Simone, ¿cómo es que estás aquí?
Tesoro respondió: —Vine a visitarlos.
Benjamín preguntó con rapidez: —¿Viniste sola? ¿Están tus papás y tus hermanos contigo?
Tesoro negó con la cabeza. —No, ellos no vinieron.
Alfredo Enríquez, lleno de curiosidad, inquirió: —¿Y cómo entraste? Ningún sirviente vino a avisarnos.
Tesoro dijo: —Abuelo Alfredo, hablemos de lo mío en un rato. Primero hay que resolver lo de Eric.
Benjamín se adelantó, angustiado: —¿Qué le pasó a Eric?
Tesoro lo tranquilizó con rapidez:
—No se asuste, Eric está en perfectas condiciones. Sano y salvo.
Benjamín soltó un suspiro largo y profundo, como si se hubiera quitado un peso de encima.
—¡Qué alivio!... ¿Qué era lo que querías decirnos?
Tesoro dirigió su mirada hacia las personas que acababan de armar un escándalo exigiendo pruebas, y entrecerró los ojitos.
—No se lo quería decir a usted. Era para esa gente de ahí.
Todos esos hombres la observaban en ese momento, con diferentes expresiones en sus rostros.
Empezaron a susurrar entre ellos:
—¿No es esta la misma niña que apareció de la nada la última vez que Benjamín tuvo problemas?
—Después de aquello investigué un poco. Es la hija de la familia Bello. Su nombre es Simone Bello.
—¿La familia Bello de Puerto Rafe?
—¡Sí! ¡Es la hija del mismísimo Aspen Bello, el hombre más rico de la ciudad!
La multitud palideció del impacto. «¡¿Qué?!»

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