—¡Si se quedan callados, significa que aceptan pagar ese dinero! ¡Y ninguno de ustedes se va a librar!
La multitud guardó silencio. Todos sabían que pagar el 1% de sus dividendos era infinitamente mejor que ser expulsados del clan.
El hombre echaba chispas de rabia. —Ustedes...
Estaba furioso por la cobardía de los demás y lleno de resentimiento hacia Benjamín por usarlo como conejillo de indias para asustar al resto.
Dirigió una mirada cargada de odio hacia Benjamín y gritó:
—¡Entonces hoy, frente a nuestros antepasados, vamos a dejar las cosas muy claras! ¡La familia Enríquez no es una monarquía y el líder no es un emperador! ¡No puedes tomar decisiones absolutistas!
—¡Además, las reglas ancestrales establecen claramente que el líder debe tener un heredero!
—Y ahora no sabemos si Eric está vivo o muerto. ¡¿Quién puede garantizar que sigue respirando?! ¡Si ya falleció, significa que tú, Benjamín, te has quedado sin herederos!
—¡Y si no tienes herederos, ¿con qué derecho sigues aferrándote al puesto de líder?! ¡Si insistes en quedarte, estarás violando las reglas de nuestros antepasados! ¡Y por lo tanto, deberías ser tú el expulsado de la familia Enríquez!
Benjamín frunció el ceño. Alfredo y Arturo también lo hicieron, su expresión oscureciéndose por completo.
Lo que decía el hombre era cierto. Eso dictaban las reglas ancestrales.
Si no podían probar que Eric seguía con vida, era un golpe muy bajo y difícil de esquivar.
Los demás parecieron recordar esa regla en ese instante. Tras un segundo de duda, comenzaron a unirse al ataque.
—¡Tiene razón! ¡El líder debe tener un heredero! Si Eric está muerto, ¿no significa que Benjamín se quedó sin descendencia? Alguien sin hijos no tiene derecho a liderar a la familia.
—¿Acaso Isabela puede tener más hijos?
—¡No importa si puede o no! ¡Mientras tanto, tiene que ceder el puesto de líder!
Alfredo, indignado, los reprendió a gritos:
—¡Insolentes! ¡Hablar de esa manera es lo mismo que maldecir a Eric deseándole la muerte!
Alguien respondió con desdén:
—Nadie le está deseando la muerte a nadie. El problema es, Anciano, que hasta usted mismo debe admitir que la situación de Eric es muy sospechosa.
—¡No ha pisado su casa en siete u ocho años! ¡Llevan dos o tres años sin tener noticias suyas! ¡Y cuando sus propios padres estuvieron a punto de morir hace unos meses, ni siquiera dio la cara!
—Antes decían que había resultado gravemente herido. ¿Será que no sobrevivió a aquellas heridas?
—¿No será que Benjamín nos está ocultando la muerte de Eric a propósito, solo para no perder su puesto como líder?
Arturo Enríquez explotó en un grito ensordecedor:
—¡Cállense de una buena vez! ¡¿Tienen aserrín en la cabeza?! Si a Eric de verdad le hubiera pasado algo, ¡¿creen que Benjamín no hubiera traído su cuerpo para darle una sepultura digna?! ¡¿Creen que dejaría los restos de su hijo abandonados quién sabe dónde?!
Otra voz se alzó entre la multitud:
—¡Entonces muestren las pruebas! Enséñennos alguna prueba de que sigue vivo.
—¡Exacto, queremos pruebas! Mientras puedan demostrarnos que Eric está vivo, acataremos cualquier orden que dé el líder sin chistar.
—Pero si hoy no pueden comprobar que sigue con vida, entonces, ya que estamos todos reunidos, dejemos este asunto zanjado de una vez por todas.

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