—Además, si no compito contigo por estas flores, es porque considero que cada objeto tiene su valor. Si el precio supera ese valor, me parece un derroche y prefiero no malgastar el dinero.
—Ninguna de las familias aquí presentes se quedaría sin fondos por comprar una flor. Si vemos algo que nos gusta y no pujamos, créeme que no es por falta de recursos económicos. Quienes entienden de estas cosas, lo saben.
—Por cierto, la Matriarca Linares es una mujer muy apegada a las normas y sumamente discreta. ¿Acaso no te enseñó a no ser tan derrochadora desde que entraste a su familia?
Las demás asistentes comenzaron a murmurar de inmediato:
—Tiene razón. Quienes venimos a esta subasta podemos permitirnos cualquier flor. ¡Hasta podríamos pagar los novecientos millones por La Flor Reina si quisiéramos!
—No comprar no significa no tener dinero. Y si hablamos de fortunas, la familia Enríquez es muchísimo más adinerada que los Linares. Claro que pueden pagar esos novecientos millones.
—Lo que dice la señora Enríquez es muy cierto. ¡Con tanto despilfarro escandaloso, seguro que la Matriarca Linares le va a dar una buena reprimenda!
Jade, visiblemente contrariada, replicó:
—¿Qué problema hay con que gaste mi dinero? ¡No estoy usando el dinero de los Linares, estoy usando el de mi familia Castillo!
La señora Solís intervino al instante:
—¿Cómo es eso? ¿A qué te refieres con que usas el dinero de los Castillo y no el de los Linares?
Jade, inflando el pecho con arrogancia, soltó lo primero que le vino a la mente:
—¡Sé que para los estándares de Leona, la familia Linares no es de la más alta alcurnia, y por eso me miran por encima del hombro! ¡Pero no olviden que mi familia de sangre son los Castillo de La Capital! A ver, ¿quién de las presentes puede comparar el linaje de su familia con el nuestro?
La señora Solís soltó una carcajada:
—Entonces, ¿toda esta prepotencia que vienes a exhibir hoy es porque te escudas en el prestigio de tu familia?
Jade sonrió con desdén:
—¿Y qué si es así?
La señora Solís replicó con sarcasmo:
—Ya veo. Pero tengo una duda... Si desprecias tanto a los Linares, ¿por qué aceptaste casarte con uno de ellos?
—¿No habría sido mejor buscar a un joven brillante y de tu mismo nivel social que nunca se hubiera casado? ¿Por qué empeñarte en casarte con un viejo que te saca más de veinte años, que viene de una familia menos poderosa que la tuya, que ya está divorciado y que encima tiene hijos?
—¿Acaso tienes una debilidad por los viejos? ¿O es que tu sueño era convertirte en madrastra? O tal vez, ¿sentiste lástima por los Linares y te uniste a su familia por pura caridad?
Las demás señoras no pudieron evitar sonreír y taparse la boca disimuladamente. "..."
Jade frunció el ceño, dándose cuenta de que la situación se le escapaba de las manos.
Si de verdad hubiera podido casarse con un joven brillante de su mismo estatus, ¿por qué habría viajado hasta Leona para casarse con un hombre viejo?
Se había unido a los Linares porque no tenía otra alternativa.
Si no lo hacía, no tendría un futuro mejor.
A menos que siguiera las instrucciones de ese hombre llamado Lázaro Rojas, y lograra que Leona...
Recordando algo de repente, Jade frunció el ceño, desechó esos pensamientos y volvió a concentrarse en la señora Solís y en Isabela.
Era cierto que sentía cierto desprecio por la familia Linares, ¡pero no podía decirlo en voz alta!
Al fin y al cabo, ahora formaba parte de esa familia.
Y la Matriarca Linares era una mujer implacable; si esas palabras llegaban a sus oídos, ¡seguro la mandaría golpear!
Quería refutar a la señora Solís, pero no encontraba las palabras adecuadas.

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