—¡Es mi mamá! —exclamó Tesoro, rebosante de alegría, y contestó la videollamada de inmediato—. ¡Mamá!
Al otro lado de la pantalla, Carol preguntó con dulzura: —Tesoro, ¿ya comiste?
—Sí, acabo de terminar. ¡Nos prepararon un banquete enorme! —respondió la pequeña.
Con su teléfono en mano, Tesoro giró la cámara para enfocar a los adultos que la rodeaban.
Isabela y la señora Solís se apresuraron a saludar: —¡Buenas tardes, señora Bello!
Carol respondió con su habitual calidez:
—Buenas tardes. Muchísimas gracias por cuidar tan bien de mi hija, espero que no les esté causando demasiadas molestias.
Isabela y la señora Solís negaron con la cabeza casi al unísono:
—¡Para nada, no es ninguna molestia! Esta niña es un verdadero tesoro, tan adorable, educada y brillante. Usted y el señor Bello son increíblemente afortunados. ¡Nos morimos de la envidia!
Carol soltó una risita suave.
—Sí, suele portarse muy bien, aunque a veces también puede ser un poco traviesa. Me acabo de enterar de lo que ocurrió en la subasta. ¿Se encuentran todas bien?
En los círculos de la alta sociedad no existían los secretos.
Y como Jade era parte de la influyente familia Castillo, los rumores sobre su altercado en la subasta habían llegado a los oídos de las esposas en La Capital casi de inmediato.
Al enterarse de lo sucedido, Aspen se lo contó a Carol sin perder un segundo.
Preocupada por el bienestar de su pequeña, Carol no dudó en llamarla. Aunque sabía que la familia Enríquez jamás permitiría que algo malo le ocurriera a su hija, su instinto de madre no la dejaba en paz.
Isabela le aseguró con firmeza:
—No tiene de qué preocuparse, señora Bello. Le garantizamos que Simone está completamente segura en Leona. No permitiremos que sufra el más mínimo daño ni que nadie la ofenda.
La señora Solís también intervino:
—Con las familias Enríquez y Solís respaldándola, nadie en esta ciudad se atrevería a lastimarla.
Carol asintió, visiblemente aliviada. —Muchas gracias por sus atenciones...
Mientras las mujeres continuaban intercambiando cortesías, Joaquín Ortega apareció de pronto frente a la cámara, buscando a su nieta.
—¿Dónde está mi niña?
Tesoro sonrió al instante. —¡Abuelo!
Joaquín frunció el ceño, su rostro reflejaba una profunda preocupación.
—Acércate a la cámara, deja que el abuelo te vea bien. ¿Alguien te hizo pasar un mal rato?
Tesoro soltó una risita alegre. —No, abuelo, no te preocupes, estoy perfectamente bien.
Joaquín no se relajó del todo.
—Puede que estés en Leona, pero no tienes por qué temerle a nadie. Si alguien se atreve a molestarte, dímelo de inmediato y tomaré el primer vuelo para ir a buscarte.
Tesoro asintió con una amplia sonrisa.
—Lo sé, abuelo. Pero de verdad, nadie me hizo nada. Eric me está cuidando muy bien, al igual que la tía Isabela y la tía Irene. No dejarán que nadie se pase de listo. Puedes estar tranquilo, y dile a mi abuela que no se preocupe.
Joaquín soltó un largo suspiro de alivio. —¿Y cuándo regresas a Puerto Rafe?
—En un par de días —respondió Tesoro—. Hace mucho tiempo que Eric no venía a casa, quiero que pase unos días con el tío Benjamín y la tía Isabela. ¿Tú y mi abuela siguen en La Capital?
Joaquín asintió afirmativamente.

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