Tesoro soltó una alegre carcajada.
—¡Qué tontito eres! ¿En qué mundo una hermana mayor dejaría de querer a su hermanito menor?
Nano seguía sollozando, limpiándose la cara empapada en lágrimas y mocos.
—¿Entonces por qué no regresaste a buscarme? ¡Te fuiste con Hulk de la familia Enríquez!
Tesoro no pudo evitar reír.
—No puedes decir esas cosas, es de muy mala educación. Además, Eric no se parece a Hulk.
Al escuchar que defendía a Eric, Nano comenzó a llorar con aún más fuerza. Alzó su rostro empapado en lágrimas y sollozó con amargura.
—¡Lo siento! ¡Buaaaa...!
A Tesoro se le estrujó el corazón de ternura y se apresuró a explicarle:
—Vine hasta aquí porque tengo cosas importantes que hacer. Estoy ayudando a tratar la enfermedad del tío de Eric. En un par de días volveré a casa. Sé un buen niño, Nano, ya no llores.
Nano parpadeó, aún con lágrimas en los ojos. —¿De verdad?
Tesoro asintió con firmeza. —¡Por supuesto que sí! Tu hermana mayor nunca te mentiría.
Nano se secó las lágrimas con el dorso de la mano. —Hermana, te extraño mucho.
Tesoro le dedicó una sonrisa radiante.
—Yo también extraño a mi Nano. ¡Después de todo, eres mi único hermanito menor! Incluso te he preparado un regalo muy especial.
Los enormes ojos de Nano se abrieron de par en par. —¿De verdad?
Tesoro asintió. —¡Sí!
—¿Y qué regalo es? —preguntó Nano, repentinamente emocionado.
—Es una sorpresa, así que no te lo puedo decir todavía —respondió Tesoro con misterio.
Nano saltó de alegría. Girando la cabeza hacia donde estaban Carol y los demás, comenzó a presumir a los cuatro vientos:
—¡Mi hermana dijo que preparó un regalo especial solo para mí! ¡Y también dijo que me extraña mucho!
Observando la felicidad del niño a través de la pantalla, la sonrisa de Tesoro se ensanchó, sus ojos reflejando un cariño absoluto.
Desde el interior de la casa, Isabela, la señora Solís y los demás observaban a Tesoro a través de los enormes ventanales de cristal.
Eric, que había aprendido a leer los labios durante su entrenamiento militar, supo exactamente cada palabra que Tesoro había dicho. Sin darse cuenta, su ceño se frunció en una profunda línea de molestia...
La señora Solís, notando su expresión sombría, le dio un suave codazo a Isabela y le lanzó una mirada que decía claramente:
«Mira eso, ¿acaso Eric no parece un chico al que le acaban de romper el corazón?»
Isabela miró a su hijo, sintiendo una mezcla de lástima y diversión.
—Eric, ¿te gusta esta niña?
Eric se sobresaltó, y un leve rubor cubrió sus mejillas. —¡No!
—Entonces, ¿por qué esa cara larga? —preguntó Isabela, sin creerle ni una palabra.
Eric intentó justificarse: —El niño de la familia Hidalgo es un llorón. Me resulta muy irritante.
—Pero si ni siquiera está llorando frente a ti —replicó Isabela con una sonrisa cómplice.
—...Pero alcancé a escuchar sus lloriqueos —murmuró Eric, a la defensiva.
Isabela soltó una suave risa. —Si te gusta esta niña, nosotros podemos...
Eric la interrumpió de tajo: —Mamá, ella todavía es una niña.
—Lo sé, pero podemos empezar a convivir más. Así se hacen las cosas en nuestras familias: primero se fomenta el trato y, cuando tengan la edad adecuada, se hace oficial.

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