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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3708

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Al ver que Isabela ni siquiera se dignó a levantarse para acompañarla a la puerta, Jade apretó los dientes en secreto, se despidió y se marchó.

Su plan original era montar un teatrito en la puerta principal de la residencia Enríquez para tomarse una foto que demostrara la "gran amistad" entre ella y la Señora Enríquez.

¡Pero la maldita mujer ni siquiera había salido de la sala de estar! ¡Esa oportunidad se había esfumado!

Apenas Jade puso un pie fuera de la propiedad, Irene, la Señora Solís, llamó a Isabela.

—¡Esa víbora de la Señora Linares te fue a buscar! ¿Es cierto?

—¿Quién te lo dijo? —preguntó Isabela, asombrada.

—Lo leí en el chat del grupo. No sé quién soltó la noticia.

Isabela suspiró: —La mujer acaba de cruzar la puerta y el chisme ya está circulando. Definitivamente, en este mundo de ricos no existen los secretos.

—¿Y a qué fue? —preguntó Irene, ansiosa por el chisme.

—Vino a llorarme sus penas. Que se dio cuenta de su gran error, que venía a pedir perdón, y, por supuesto, quería que la llevara de la mano a pedirle clemencia a la Primera Dama.

—¿A ver a la Primera Dama? ¿Para qué?

—Para disculparse, obviamente. Me dijo que si iba sola, la Primera Dama le cerraría la puerta en las narices.

Irene soltó una carcajada burlona.

—¡Incluso si tú la llevabas, era muy probable que pasara lo mismo! Ya sabes cómo es la Primera Dama: no tiene pelos en la lengua. Seguro te habría invitado a pasar a ti y habría dejado a esa trepadora esperando en la calle. ¡Qué bueno que no te metiste en ese lío! No puedes sentir compasión por mujeres así.

—Lo sé —afirmó Isabela—. Me negué rotundamente.

—Ah, por cierto —cambió de tema Irene—, escuché que la Primera Dama también fue a visitarte hoy, y que llevó a Mónica con ella.

—Sí. El tío Arturo contrató a un médico bastante reconocido para que tratara a Marco. Cuando la Primera Dama se enteró, trajo a Mónica para ver si él podía ayudarla a mejorar su salud.

Irene entendió de inmediato.

—¿Cuál es el diagnóstico real de Mónica? ¿Tiene esperanza? Ya llevan siete u ocho años casados y no logra embarazarse, es desesperante.

Isabela prefirió no mencionar nada sobre el veneno y se limitó a decir:

—Hay esperanza de que su salud mejore con un buen tratamiento, pero incluso si se recupera por completo, nadie puede garantizar que quede embarazada.

Irene asintió.

—Es muy cierto. Hay muchísimas personas completamente sanas que no logran tener hijos. A veces, la maternidad es simplemente cuestión de destino. Uf, te pones a pensar en las ventajas de nacer o casarte en una familia rica y poderosa, pero al final del día, si no tienes un heredero, no eres nadie.

Isabela suspiró con pesadez. —Así es.

Irene volvió al tema de Jade.

—Volviendo a la otra, con ese carácter altanero que se gasta, no me trago que haya ido a agachar la cabeza por iniciativa propia. Seguro que alguien más poderoso le está dictando cada movimiento.

—Pero con lo orgullosa que es, no es de las que obedecen órdenes de cualquiera —señaló Isabela—. ¿Quién tendría el poder para tenerla así de controlada?

—Pues obviamente alguien con mucho peso. ¡Un don nadie jamás podría doblegarla! Pero, ¿quién podría ser? ¿Alguien de la familia Castillo?

—Lo dudo. Su relación con la familia Castillo está bastante fracturada. Dudo que quieran invertir tanto tiempo y esfuerzo en ella.

—Entonces, ¿quién crees que sea? —insistió Irene, intrigada.

—... Eso mismo me pregunto yo.

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