Eric no quiso dar demasiados detalles.
—Es un asunto estrictamente médico. No tienen de qué preocuparse.
—¿Tiene que ver con Mónica? —indagó Isabela.
—... No me es posible revelar los detalles específicos.
Isabela frunció ligeramente el ceño. No estaba molesta por la actitud evasiva de su hijo, sino preocupada por Mónica y la Primera Dama.
Sin poder contenerse, preguntó de nuevo: —¿Lograrán resolver el problema de Mónica?
—Todo depende de la capacidad del pequeño doctor divino. Hay esperanza —respondió Eric.
Él no conocía las habilidades de Mateo, pero sí confiaba plenamente en Tesoro y sabía de lo que ella era capaz.
La única razón por la que mantenían todo en secreto era porque el asunto estaba relacionado con el virus de 8ª generación.
Benjamín, tratando de tranquilizarse, preguntó:
—Así que Tesoro y el pequeño doctor divino no se metieron en ningún problema grave, ¿verdad? ¿Solo están investigando el estado de salud de Mónica?
Eric asintió. —Sí.
Benjamín dejó escapar un suspiro de alivio. —Mientras no haya peligro, me quedo tranquilo. Entonces, ¿cenamos nosotros primero?
Eric asintió y miró a Ledo.
—¿Cenamos?
Ledo no tuvo objeción. —Me parece bien.
—Pediré que les aparten algo de comida a Tesoro y al pequeño doctor divino —dijo Isabela.
—Mejor esperamos un poco —sugirió Ledo—. Ahora mismo están sumamente concentrados. Les llevaré comida más tarde.
—Pero ya es muy tarde, ¿no tendrán hambre? —insistió Isabela.
—Comieron algo cuando estábamos en el hospital. En la noche les daremos algún bocadillo. Es muy probable que se queden despiertos hasta el amanecer.
Eric miró a Ledo, sorprendido: —¿Van a pasar la noche en vela?
Ledo asintió y suspiró. —Seguramente no dormirán nada.
—No me dijo nada sobre eso —dijo Eric, frunciendo el ceño.
—No hace falta que lo diga. Con solo ver su actitud, lo sé. Seguro que hoy no pegan ojo.
Benjamín e Isabela los miraron con preocupación. —¡Pero no dormir hace daño! ¡Todavía está en etapa de crecimiento!
—Tiene una gran preocupación en mente, e incluso si la obligamos a acostarse, no podrá conciliar el sueño. No se angustien, Tesoro sabe cuidar de sí misma. Si el cansancio la vence, cerrará los ojos un rato —los tranquilizó Ledo.
Isabela frunció el ceño con evidente tristeza.
—Esta pobre niña... apenas tiene doce o trece años, pero parece que carga con más responsabilidades y presiones sobre sus hombros que muchos adultos.
La expresión de Ledo se llenó de ternura y tristeza.
—Es cierto que mi hermanita carga con demasiada presión. Pero no hay alternativa. Ese es el precio de ser tan extraordinaria.
Así es la naturaleza humana: a mayor capacidad, mayor es el peso sobre los hombros.
Bien dice el dicho: "La ignorancia es la madre de la felicidad". Era una triste verdad.
A Isabela se le encogió el corazón.
—Bueno, vayamos a cenar. En cuanto ella tenga hambre, me meteré a la cocina y le prepararé algo delicioso.
Ledo asintió con una sonrisa. —¡De acuerdo!
El grupo se dirigió al comedor, pero antes de salir, Eric giró la cabeza y lanzó una última mirada hacia la habitación donde estaba Tesoro. En sus ojos brillaba una profunda compasión.
Aún recordaba vívidamente la primera vez que la vio. Se había quedado sin aliento de la sorpresa.

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