Isabela le acarició la cabeza a Tesoro con cariño.
—Te voy a extrañar mucho.
Tesoro le sonrió con dulzura: —Yo también la voy a extrañar muchísimo, Tía Isabela. En cuanto tenga tiempo libre, le prometo que regresaré a verlos a usted, al Tío Benjamín, al Tío Marco y a todos los demás.
Mientras hablaba, Tesoro dirigió su mirada hacia Arturo Enríquez.
—Abuelo Arturo, si surge cualquier inconveniente con el Tío Marco, puede contactarme cuando lo necesite. O si lo prefiere, puede llamarle a Eric, que la mayor parte del tiempo estará conmigo.
Arturo asintió, conmovido. —Muy bien, mi niña. Tu abuelo Arturo te desea un viaje tranquilo y seguro.
Benjamín volteó la mirada hacia Eric, su hijo.
—Tú eres unos años mayor que Simone y Ledo. Eres el hermano mayor y ya eres un adulto. ¡Es tu responsabilidad dar el ejemplo, cuidar de ellos con dedicación y cuidarte a ti mismo!
Eric asintió con absoluta seriedad. —Lo tengo claro.
Alfredo Enríquez miró a su alrededor y preguntó, extrañado: —¿A dónde fue Ledo?
Tesoro respondió con naturalidad: —Ledo fue a buscar a alguien. En un rato nos encontraremos todos directamente en el aeropuerto.
Alfredo arqueó una ceja, intrigado. —¿Buscar a alguien?
Tesoro asintió. —Sí, a un amigo.
Los labios de Alfredo se movieron, pero con gran tacto decidió no hacer más preguntas.
En ese momento, la Primera Dama llegó apresurada tras enterarse de que ya se iban. —¿De verdad ya te vas, Simone?
Tesoro asintió: —Sí, tengo que acompañar al pequeño doctor divino de regreso.
La Primera Dama la tomó de las manos con profundo agradecimiento.
—Estos dos días han sido una bendición gracias a ti, Simone. Si no fuera por ti, jamás habríamos tenido la oportunidad de conocer al pequeño doctor divino, ¡y mucho menos habríamos descubierto el veneno que estaba matando a Moni por dentro!
—Estoy infinitamente agradecida contigo, y lo llevaré siempre en mi corazón. ¡Te prometo que algún día te devolveré este gran favor!
Tesoro sonrió, restándole importancia.
—No tiene por qué agradecer. Lo único importante es que le recuerde a la hermana Mónica que no le cuente a nadie sobre esto. Tampoco debe regresar con la Familia Lugo. Que se quede tranquila aquí en Leona para recuperarse por completo. Y si mi cuñado la extraña, que él sea el que venga a verla.
La Primera Dama asintió frenéticamente.
—Descuida, ella se grabó tus palabras a fuego. No va a regresar a La Plata ni va a decir una sola palabra sobre el veneno.
Tesoro asintió, satisfecha. —¡Perfecto!
La Primera Dama continuó, visiblemente apenada.
—Todo ha sido tan repentino. Justo cuando iba a llamar a Isabela para invitarte a cenar a la casa, me enteré de que te ibas esta misma noche, así que no tuve tiempo de prepararte un buen regalo.
—Solo alcancé a traerles unos pequeños bocadillos para el viaje y algunas de las delicias típicas de aquí para el pequeño doctor divino. Pero no te preocupes, el regalo que te corresponde lo enviaré directamente a la mansión de la Familia Bello.
Tesoro le agradeció con sinceridad. —Muchas gracias por todo.
La Primera Dama le restó importancia con un gesto elegante.
—No es nada. Por cierto, ya me encargué de organizarles el transporte. Viajarán en uno de los autos privados de la Familia Mota; es sumamente rápido y completamente seguro.
Tesoro miró a Eric, sin saber cuáles eran los planes que él había hecho.
Lo único que tenía claro era la orden directa de su papá: en Leona y en La Selva, la última palabra la tenía Eric.
Eric asintió levemente hacia la Primera Dama. —Se lo agradezco mucho.
La Primera Dama fijó su vista en él.
—Eric, tú también cuídate mucho, ¿entendido? Cuando regreses a Leona, formalizaremos lo de que seas mi ahijado.
Eric asintió. —Así será.
Después de intercambiar un par de formalidades más, todo el grupo acompañó a Eric y a Tesoro hacia la salida, seguidos por Mateo del Pozo, Aldo y Álex.

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