Cano y Pink rozaron sutilmente sus dedos, dándole una respuesta afirmativa.
Con la aprobación de las dos criaturas, Ledo se armó de valor y propuso:
—A mi hermana le fascina el Arte del Vínculo. Tú eres un experto en eso, así que enséñale. Si te comprometes a instruirla de corazón, te revelaré qué fue lo que alteró a tu Vínculo Maestro.
Lázaro Rojas: —...
—Si no estás de acuerdo, el trato se cancela —añadió Ledo.
Lázaro lo miró fijamente y respondió:
—Aprender el Arte del Vínculo no es un juego. Es sumamente peligroso. Al menor descuido, el Vínculo se vuelve en tu contra y te cuesta la vida. Pareces querer mucho a tu hermana, ¿de verdad estás dispuesto a dejar que corra ese riesgo?
—Todo lo que ella hace en este momento es un riesgo —contestó Ledo—. Pero es lo que le apasiona. Si a ella le gusta, yo la respaldo.
Era igual que con su fascinación por crear venenos. Toda la familia sabía lo peligroso que era, pero nadie le cortaba las alas.
Incluso Carol, su madre, se limitaba a recordarle que tuviera cuidado.
Esa era su pasión y su don.
Un don que, además, tenía el potencial de beneficiar al mundo. ¡Nadie tenía derecho a apagarlo!
Mientras más poderosa fuera la gente de buen corazón, más aportarían a la humanidad.
Por eso Ledo apoyaba a Tesoro en su búsqueda por dominar lo que amaba.
Siempre que pudiera, le pondría las herramientas en bandeja de plata.
Sin embargo, Lázaro negó con la cabeza. —Olvídalo, ya no preguntaré nada.
Ledo frunció el ceño ligeramente. —¿Ya no te interesa saberlo?
—Claro que me interesa —suspiró Lázaro—, pero tus condiciones son imposibles de cumplir para mí.
—¿Es que no quieres enseñarle a mi hermana, o simplemente no estás dispuesto a compartir tus secretos del Arte del Vínculo con extraños? —cuestionó Ledo.
Lázaro soltó un largo suspiro y murmuró:
—Le prometí a mi esposa que nunca le enseñaría a nadie más el Arte del Vínculo que ella me transmitió.
—¿Tu esposa te enseñó? —preguntó Ledo, intrigado.
Lázaro asintió con la cabeza.
—Así es. Yo no nací en La Selva, no sabía nada de esto. Todo me lo enseñó ella.
—¿Te refieres a Aura Dorado? —soltó Ledo.
Lázaro asintió primero, pero de inmediato lo miró con sorpresa. —¿Cómo es que sabes de ella?
Ledo negó con la cabeza. —No la conozco en persona, pero he escuchado su nombre.
—¿De quién lo escuchaste? —inquirió Lázaro.
—Secreto —respondió Ledo sin dar más detalles.
Lázaro enmudeció por un instante. —... ¿Y qué fue lo que escuchaste?
—Me contaron que cuando era joven era increíblemente poderosa, pero que murió en un accidente. Y que su familia lloró desconsoladamente por su partida.

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