Tesoro: ...
Aunque no tenía aires de princesa, ver esas cosas oscuras en la mesa le quitaba un poco el apetito. No se atrevió a levantar el tenedor.
Ledo tragó saliva, sintiendo también un ligero rechazo.
Eric Enríquez, manteniendo su habitual expresión serena, fue el primero en tomar sus cubiertos. Cortó un trozo de pescado, se lo llevó a la boca, lo saboreó y tragó.
Luego miró a Tesoro.
—Puedes comer de este pescado. Tiene buen sabor.
Usando unos cubiertos limpios, Eric separó una buena porción, le quitó las espinas con cuidado y la colocó en el plato de Tesoro.
—Pruébalo —dijo con voz suave.
Tesoro lo miró y él asintió con confianza.
—Te va a gustar.
Reuniendo todo su valor, Tesoro tomó el tenedor y probó el pescado.
Masticó despacio y, de pronto, sus ojos se iluminaron.
—Sabe mucho mejor de lo que imaginé. Además, tiene un toque de hierbas medicinales.
Al ver que estaba comiendo, Anselmo del Pozo dejó escapar un suspiro de alivio en secreto. Si se negaban a probar bocado, no habría sabido qué hacer.
Anselmo sonrió.
—Sí, usamos algunas hierbas, pero todas son seguras y excelentes para la salud. Supongo que el sabor les debe resultar un poco inusual.
Mateo del Pozo intervino:
—En La Selva hay mucho veneno, y a veces la gente se expone por accidente. Las hierbas que usamos en la comida ayudan a desintoxicar el cuerpo. Con el tiempo, uno se acostumbra al sabor. No será un manjar a la vista, pero hace mucho bien.
Tesoro asintió.
—Me parece perfecto. Ledo, deberías probarlo.
Ledo tomó un trozo de pescado y fue sincero:
—No es la gran cosa, pero se deja comer.
Al oír eso, Anselmo se apresuró a decir:
—Ya le pedí a alguien que traiga condimentos de afuera. En cuanto lleguen, les prepararemos platillos que no solo sepan bien, sino que también se vean apetitosos.
—Gracias, don Anselmo. Es usted muy amable —dijo Tesoro.
—No es ninguna molestia, hija. No hay por qué agradecer. Con tal de que puedan comer a gusto, yo soy feliz. ¡Provecho! —respondió Anselmo con una enorme sonrisa.
Tesoro bajó la mirada. Para entonces, ya se había formado una pequeña montaña de comida en su plato.
Había pescado sin una sola espina, camarones perfectamente pelados y otras delicias escogidas con esmero.
Sorprendida, levantó la vista hacia Eric.
Él mantenía su expresión imperturbable.
—Ya los probé todos. Son las cosas que te gustan.
Tesoro sonrió.
—Gracias, Eric.
Al notar las miradas curiosas de la familia del Pozo, Eric justificó su acción:
—Probar la comida y asegurarme de que esté bien es parte de mi trabajo.
Todos en la familia asintieron enérgicamente.
—Claro, claro. Lo entendemos perfectamente.
En su mente, asumieron que "su trabajo" consistía en probar la comida buscando veneno, lo cual tenía sentido tratándose de un guardaespaldas.
El único al que se le revolvió el estómago de los celos fue a Mateo. Durante el resto de la comida, apenas y probó bocado, dedicándose exclusivamente a atender a Tesoro.
A su familia no le molestó en lo absoluto. Al contrario, se alegraban en secreto de que el muchacho finalmente estuviera espabilando.
Después del desayuno, Blanca Mares se dispuso a acompañarlos al Distrito Oeste para que descansaran.
Por su parte, Anselmo y Yago del Pozo llamaron a Mateo al estudio.

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