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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3785

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—¡Llamaré al hospital para que envíen una ambulancia a tu casa ahora mismo! ¡Yo llegaré enseguida!

Mientras hablaba, Mateo se levantó de un salto y comenzó a vestirse.

No sentía absolutamente nada por Cristina, ni siquiera remordimiento.

Nunca le había hecho ninguna promesa, y tampoco era el caso de haber roto un compromiso ya formalizado; la había rechazado de manera rotunda mucho antes de que se llegara siquiera a hablar de matrimonio.

Por eso, no consideraba que tuviera ninguna deuda moral con ella.

Pero, a fin de cuentas, se conocían, y ahora ella había recibido una paliza por su culpa. A Mateo le resultaba imposible hacerse de la vista gorda.

Estaba a punto de colgar para llamar a emergencias cuando Cristina lo detuvo precipitadamente:

—No puedes hacer eso. Una ambulancia llamaría demasiado la atención y alertaría a mis padres. Me encerraron precisamente porque no quieren que salga por ningún motivo. ¿Podrías pensar en alguna manera de sacarme a escondidas?

Mateo detuvo sus movimientos.

—Pero yo no conozco la distribución de tu casa. No tengo idea de cómo evadir a tu familia para sacarte de ahí. ¿Hay alguien adentro que pueda ayudarte? Yo podría contactarlo y coordinar con él.

El tono de Cristina se volvió lastimero.

—No, no tengo a nadie. Todos estos años he vivido encerrada en casa, casi sin contacto con el mundo exterior. Aparte de los eventos obligatorios, como las competencias, siempre estoy aquí. No conozco a nadie de afuera, tú eres la persona más cercana que tengo.

Mateo frunció levemente el ceño.

—Pero de verdad no puedo hacer nada. Es imposible que logre escabullirme entre tus padres y sacarte de tu propia casa. Ni siquiera conozco el terreno.

Cristina guardó silencio unos segundos antes de proponer:

—Entonces buscaré la forma de salir por mi cuenta y te mandaré mi ubicación. ¿Podrías llevarme tú al hospital?

Mateo dudó un instante. —... Está bien.

Cristina se alegró enormemente. —Nos vemos en un rato, entonces.

Mateo murmuró un «ajá» y cortó la llamada.

Dejó escapar un largo suspiro, se puso los zapatos rápidamente y salió de la habitación.

Antes de marcharse, se detuvo junto a la ventana de Tesoro y afinó el oído. No se escuchaba ningún ruido; ella estaba profundamente dormida.

Sin querer despertarla, Mateo se alejó con pasos sigilosos.

Anselmo, que había estado observando cada uno de sus movimientos, se acercó al verlo dispuesto a salir.

—¿Vas a ver a Cristina?

Mateo asintió.

—Sus padres le rompieron la pierna y la tienen encerrada. Primero la llevaré al hospital y de paso hablaré con ella sobre el asunto de Simone.

El viejo del Pozo frunció el ceño.

—¿Sus propios padres le rompieron la pierna?

Mateo frunció el ceño también.

—Sí. Dicen que ni las fieras devoran a sus crías. ¡No sé qué demonios tienen en la cabeza los Palma! Ser capaces de hacerle eso a su propia hija.

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