Pero si se trataba del Arte del Vínculo, Simone definitivamente no tenía oportunidad.
Ella solo había aprendido lo más básico con él, cosas que no le servirían de nada frente al nivel de Cristina.
Anselmo comentó: —Mi intención era enseñarle el Arte del Vínculo, pero no es algo que se aprenda en un par de días. Intentar prepararla a última hora no servirá de nada.
Mateo frunció el ceño profundamente. —¿Habló con la familia Palma?
Anselmo suspiró. —Hablé con Cristina. Dentro de todo, es la más sensata de los Palma, pero el resultado no fue el mejor. Le guarda rencor a nuestra familia, aún tiene falsas esperanzas contigo y quiere verte.
Mateo frunció el ceño aún más.
—Ya no tenemos nada que ver, ¿qué sentido tiene que nos veamos?
Anselmo respondió: —Sé que no tiene sentido, pero Cristina lo pidió. Si te niegas a verla, me temo que será muy difícil resolver el asunto con la pequeña Tesoro.
—Le sugerí que, si estaba dispuesta a dejar a la niña en paz, tú tomarías su lugar y competirías contra ella. Prefiero mil veces que tú pases vergüenza antes que la niña.
Mateo: —...
Tras dudar unos instantes, asintió. —¡La veré!
Anselmo le acarició la cabeza. —De verdad has madurado.
Antes, aunque le gritara o lo castigara, jamás hacía caso. Lograr que se reuniera con Cristina era más difícil que llegar al cielo.
Y hoy había accedido sin rechistar.
Mateo, con el rostro ensombrecido, aclaró: —Solo lo hago porque no quiero que Simone salga lastimada.
Anselmo sonrió. —El amor es mágico.
Mateo se sonrojó y le advirtió:
—Abuelo, deje de hacer esas bromas. Parece que está fomentando malos comportamientos. Las familias de La Selva llevan generaciones haciendo esto y lo ven normal, pero allá afuera, tener pareja a esta edad se considera un amorío prematuro y es motivo de castigo.
Anselmo se echó a reír.
—Está bien, está bien. El abuelo no dirá nada más. Tendré más cuidado con lo que digo a partir de ahora. Antes solo era un simple habitante de La Selva, me bastaba con saber nuestras reglas. Pero ahora que estamos emparentados con gente de afuera, tendré que prestar más atención y aprender sobre sus costumbres y normas.
Mateo suspiró. —Siento que tenga que pasar por todo eso.
Anselmo le restó importancia: —Para nada. Si lo hago para que mi nieto esté bien, ¿qué tiene de malo aprender las costumbres de afuera? No me pesa en lo absoluto, al contrario, me hace más sabio y culto.
Mateo sonrió y luego preguntó:
—¿Dónde y cuándo me reuniré con Cristina?
Anselmo respondió: —No me lo dijo. Llámala tú y pónganse de acuerdo, pero trata de que sea lo más pronto posible.
Mateo lo pensó un momento. —Está bien, entendido.
Anselmo concluyó: —Si no tienes sueño, comunícate con ella ahora mismo.
Dicho esto, Anselmo se levantó dispuesto a irse.
Mateo lo detuvo: —Abuelo, deme el número de Cristina.
Anselmo lo miró con sorpresa. —¿Ni siquiera tienes su número?
Mateo asintió. —No.
Anselmo: —...
Sacó su teléfono, buscó el número de Cristina y se lo dictó.

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