El intruso era, efectivamente, el guardaespaldas de Ricardo Rojas: Nueve.
Nueve frunció ligeramente el ceño mientras clavaba la mirada en Cauto.
Cauto le sostuvo la mirada, frunciendo también el ceño y analizándolo de arriba a abajo con evidente desconfianza.
—¿Quién eres tú?
Nueve no contestó. Simplemente volteó a ver a Aspen.
Aspen, por su parte, tenía los ojos fijos en Cauto, evaluando su reacción.
Era más que obvio; quería comprobar si Cauto lo reconocía.
Al percatarse de la mirada de Aspen, Cauto preguntó, intrigado: —¿Pasa algo, Aspen?
Aspen apretó los labios y apartó la mirada.
Le dio una calada a su cigarrillo y se dirigió a Nueve: —Toma asiento.
Nueve se acercó a paso lento, pero en lugar de sentarse, se apostó frente a la ventana opuesta a Aspen, vigilando cualquier movimiento en el exterior.
Aspen le dijo: —Si quisiera deshacerme de ti, no habrías entrado con tanta facilidad. Tranquilo, esta noche no te haré nada.
Nueve: —... Con razón todo fue tan fácil.
—¿Me trajiste hasta aquí para que él me viera y corroboraras si me reconocía o no?
Aspen admitió: —Ver su reacción era parte del plan, pero no la única razón. También quería saber si seguías oculto en Puerto Rafe.
Nueve inquirió: —¿Y en qué te beneficia saber si estoy o no en Puerto Rafe?
Aspen contestó: —En mucho.
Nueve lo miró con escepticismo. —¿Por ejemplo?
Cauto se acercó y se paró junto a Aspen, lanzándole dagas con la mirada a Nueve.
—Aspen, ¿quién es él? ¿Qué relación tienes con este tipo?
Aspen lo interrogó de nuevo: —¿De verdad no lo conoces?
Cauto negó con la cabeza.
—No tengo la menor idea. ¿Es un amigo tuyo? Pero si fuera un amigo, ¿por qué no entró por la puerta como la gente normal?
Aspen guardó silencio.
Nueve frunció el ceño. Observó a Cauto y luego a Aspen, con una mirada evaluadora.
Después de un momento, Nueve lanzó la pregunta:
—¿Acaso sospechas que yo asesiné a Víctor?
Por fin había atado cabos: la verdadera razón por la que Aspen lo había atraído a la habitación de Cauto era para observar la reacción del joven y confirmar si lo conocía.
Que Cauto y él se vieran las caras servía para comprobar dos teorías fundamentales:
La primera: si la amnesia de Cauto era genuina y había borrado todo rastro sobre el virus de 8ª generación, tal y como él aseguraba.
La segunda: si Víctor había muerto a sus manos. De ser así, considerando que Cauto había escapado de él milagrosamente, la simple visión de su rostro debía causarle terror, incluso si estaba amnésico.
Aspen entornó los ojos y preguntó de vuelta: —¿Conocías a Víctor?
Nueve replicó: —Nunca dije que no.
Aspen insistió: —¿Entonces fuiste tú quien lo asesinó?
Nueve respondió tajante: —No.
Aspen continuó: —¿Tienes alguna idea de quién fue el responsable?
Nueve frunció el ceño con recelo: —¿Me estás diciendo que no lo sabes?
Aspen se quedó en silencio. Nueve añadió: —Creí que lo sabías desde hace mucho.

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